Ritualizar la vida: el arte de encontrarse en un club de lectura

En un mundo que nos exige inmediatez y productividad constante, donde descansar parece un lujo… sentarse a leer juntos puede convertirse un acto de resistencia. No se trata solo de leer: se trata de estar presentes, de hacer a un lado el teléfono, de escuchar sin interrumpir, de decir lo que se piensa sin miedo, de descubrir las voces de otros y otras que han vivido en diversos lugares, en épocas a veces lejanas, pero que nos narran experiencias que nos unen como humanidad.

Los clubes de lectura se convierten en un espacio donde el tiempo aprende a detenerse. Esto es lo que motiva a los participantes del Club de Lectura Esperanzas Renovadas, acompañado por la Biblioteca Pública El Limonar. Un grupo que, desde hace un año, se reúne cada semana. Adultos y adultos mayores, en su mayoría mujeres, que han encontrado en un club de lectura algo más que una actividad.

El club ha sido un lugar predilecto para favorecer el bienestar emocional. Al escucharse y reconocerse en las historias, descubren que no están solos, que otros también han sentido, dudado y recorrido caminos similares. A veces aparecen respuestas; otras veces, más preguntas. También es un lugar para encontrarse con el otro, para conocer puntos de vista diferentes, para incomodarse cuando hace falta, para compartir lo que cada uno trae.

“Para mí leer no era un hábito… ahora veo un libro y me da mucha curiosidad”, dice con orgullo una de las participantes. Las personas llegaron al club buscando algo diferente, una forma de salir de la rutina y de divertirse; sin imaginar que encontrarían algo más, un espacio propio, un espacio para el ser.

Cuando la lectura se comparte, deja de ser solo texto y se vuelve conversación; y en este grupo, leer ha sido, principalmente, una manera de cuidar la vida. Por eso, para los participantes, los lunes no son un día cualquiera, son días “sagrados”, son tiempo propio, son una pausa que no se negocia.

Llega el lunes y entonces ocurre lo de siempre. Separar el día. Preparar algo para compartir. Llegar. Saludar. Preguntar por la semana. Leer un cuento, una profecía literaria, un oráculo de amor propio. Tomarse un café. Leer en voz alta, a varias voces. A veces hay lágrimas. A veces risas. Alguien se equivoca y lee “autopista” en lugar de “autopsia”. Se sorprenden. Odian un personaje. Se quedan un rato más. Nadie tiene prisa por irse.

Pequeñas cosas que, juntas, sostienen el ritual. Un ritual que ocurre alrededor de un objeto sencillo pero poderoso: el libro.

Este club de lectura nos ha enseñado que leer juntos es una forma de cuidarnos, que aún hay formas auténticas de escucharnos, que podemos volver a ritualizar la vida y que, quizá, leer juntos es también una forma de no estar solos.

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