Cronistas del 12 o la memoria que reaparece

El tiempo es una materia caprichosa que compone la historia de muchas maneras, tanto más porque es capaz de expandirse, disminuir o dilatarse. Lo hace a través de narraciones, objetos, recuerdos y espacios enteros cargados de significados pasados, aun así, ninguna de esas presentaciones del tiempo tendría sentido sin un observador que esté dispuesto a tomarlo y conversar con él.

En el Parque Biblioteca Doce de Octubre existe una apuesta que ve en los adolescentes y jóvenes del territorio a los observadores capaces de moldear todas esas posibles manifestaciones del tiempo. Para llevarla a cabo toca las puertas de las Instituciones Educativas con el programa “Cronistas del 12”, una actividad formativa que se desarrolla alrededor de la investigación y el periodismo.

Durante todo el año el mediador social y cultural se presenta en las Instituciones El Picachito y Jesús Amigo, lleva consigo su caja de herramientas donde hay fotografías del Doce en las últimas décadas del Siglo XX, documentales, crónicas, poemas, mapas y libros que toma de la colección especial ubicada en Sala Mi Barrio, colección que habla el idioma de los habitantes; es un pequeño museo andante de preguntas.

En el encuentro se da por hecho que los jóvenes son los depositarios y diseñadores de la memoria local pero que, en la conversa posible de Cronistas es donde se hilvanan las identidades sociales, ciudadanas y comprometidas con su entorno. Ahora bien, el cronista ejerce una doble tarea: primero, reconocerse a sí mismo en el tiempo y segundo, descifrar el movimiento de este último para posteriormente narrarlo.

Saberse sumergido en el rio del tiempo es bastante difícil de asumir, a todos nos requiere un esfuerzo entender la memoria más allá de un ejercicio individual que recorre los acontecimientos propios. Trasladar nuestra idea de memoria desde ese lugar único hacia la narración colectiva que un grupo humano tiene de sí mismo requiere de un movimiento existencial muy especial: reconocernos como sujetos históricos.

Cuando los cronistas en las primeras sesiones se encuentran con el mediador social de la biblioteca ese reconocimiento se presenta como el primer hecho claro, quizá, como el primer reto, desde allí y a lo largo de las sesiones aparecen inquietudes diversas que responden, naturalmente, al ojo de quien se siente en contexto.

Poniendo en escena la memorial local aparecen las preguntas de investigación periodística: algunos mencionan su interés por estudiar la fauna y flora de la Comuna, así como el cuidado del medio ambiente, otros se preocupan por las espiritualidades que se practican en el territorio argumentando que siempre estuvieron allí pero nunca las había observado en detalle; incluso- más allá- una joven comienza a ensamblar la trama de la migración en su propia familia, es decir, de los primeros pobladores del barrio.

Los reconocimientos abundan y la memoria reaparece, presentada como materia volátil en manos del observador iniciado. Después de dirigir los Cronistas y profundizar en la memoria de la Comuna 6, uno sabe que un salón de clase se puede poner en disposición de la identidad local, de la memoria y del tejer compartido al que llamamos presente. Sobre todo, entiende que cuando la Biblioteca Pública tiene una vocación territorial se despliegan todas las posibles narrativas del espacio compartido en las variadas formas del tiempo.

Yeffer Metrio Amaya

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