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Don Abel Londoño

Don Abel Londoño

En la parte inferior del Parque Roa donde se unen las calles 12 sur y la carrera 11 vive don Abel Londoño, uno de los primeros habitantes de este sector. Él es una mina de historias de un tiempo lontano que si se compara con las condiciones de vida actuales podría parecer inverosímil por la rudeza que alberga.

Abel ha vivido desde siempre en el Tesoro La Y. Los recuerdos primeros de su infancia evocan a su papá que ejercía como albañil y a su mamá, lavandera de las ropas de los hacendados de las lomas. En esa lejanía del tiempo recuerda también la antigua casa de tapia en la que vivió con ocho hermanos de los que ahora solo quedan dos. El paisaje despoblado de edificios, la ausencia de carreteras pavimentadas, las vacas y caballos que tenían en su casa, la pesca, el barequeo y hasta la caza de guaguas en los montes aledaños.

Adolescente, Abel ya iba dando muestras de lo que iba a ser durante toda su vida, un todero. Fue conductor la mayor parte de su vida, pero también se probó como jockie en el desaparecido hipódromo San Fernando en Medellín, jugó fútbol y trabajó como repartidor en una carnicería en la Placita de flores siguiendo los pasos de su homólogo de oficio Ramón Hoyos.

Como a Ramón, a Abel se le fortalecieron las pantorrillas y la resistencia se le hizo cotidiana dando pedal por las carreteras destapadas de la época en el Valle de Aburrá, hasta que le ofrecieron competir profesionalmente. Pilsen y Everfit le quisieron patrocinarlo para correr la segunda Vuelta a Colombia en 1952, pero en esa época de oro para la industria textil paisa Abel se inclinó por el segundo ofrecimiento.

Cargar la bicicleta en los hombros para pasar lodazales, que en esa época pesaban como las que más, era lo común en las competiciones nacionales de ciclismo del momento y Abel lo recuerda con entusiasmo. Terminó la competición en el puesto quince en esa vez en que el primer lugar fue ocupado por el francés José Beyaert.

Don Abel nos muestra los artículos con los que compitió 71 años atrás en la Vuelta a Colombia. Nos habla de Efraín Forero y de Ramón Hoyos, tipos duros del ciclismo que la historia recuerda y que él recuerda a su lado. Lamentablemente ya no conserva la bicicleta Monark con la que corrió pero inclina la tez para decirnos que era la mejor bicicleta de la época.

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