En la esquina superior izquierda de una de las paredes de la Biblioteca Pública Santa Elena, reposa la imagen de un hombre vestido con camisa naranja. A su lado, una Biblia; alrededor, las fotografías que resguardan los fragmentos de su memoria. Para quien desconoce su historia, quizá resulte difícil imaginar lo que Luis Enrique Atehortúa representa para Santa Elena. Sin embargo, su legado permanece vivo en las letras, en la música, en el cooperativismo y, sobre todo, en una profunda manera de comprender y encarnar lo que significa ser silletero.
Luis Enrique Atehortúa nació en la vereda El Cerro el 15 de agosto de 1937. Fue un campesino destacado, cuya vida se desplegó en distintos oficios, saberes y formas de participación que hoy hacen parte de la memoria de Santa Elena. Explorar su historia implica acercarse a sus múltiples facetas: al líder comunitario y promotor del cooperativismo, al silletero pionero y al artista. El hombre que aún hoy su familia enuncia con orgullo y cuyo legado cultural y patrimonial continúa siendo un referente para las generaciones presentes.
Un legado comunitario
Una de las huellas más significativas en la historia de Santa Elena y que hoy permite comprender el reconocimiento territorial construido por sus campesinos y campesinas, se encuentra en los procesos de organización y cooperativismo que han acompañado la vida del corregimiento. La trayectoria de Luis Enrique Atehortúa es, en este sentido, un testimonio de esa historia y una expresión de procesos comunitarios cuyo legado aún permanece.
Su participación en la Junta de Acción Comunal de Cristo Rey le permitió impulsar iniciativas que trascendieron las fronteras de su propia vereda. Desde allí promovió activamente la construcción de la iglesia de Santa Elena y acompañó procesos relacionados con la creación y consolidación de algunas escuelas que hoy permanecen como parte del territorio y de su memoria.
Posteriormente, fue seleccionado para estudiar cooperativismo en Estados Unidos. Una antigua bitácora resguarda, entre hojas amarillentas, una cuidadosa línea de tiempo que permite reconstruir los primeros momentos de esta experiencia y su permanencia en el país norteamericano. Su regreso a Santa Elena marcaría el inicio de una amplia trayectoria de liderazgo y participación comunitaria.
Como lo documenta el investigador Edwin Montoya en el Inventario del archivo personal de Luis Enrique Atehortúa, los periódicos antiguos y otros documentos que hacen parte de este acervo dan cuenta de la participación de don Luis en procesos fundamentales para su vereda y para el corregimiento, así como de su incidencia en las luchas y procesos agrarios, especialmente en el Oriente antioqueño. Su liderazgo se manifestó también en las necesidades más concretas de su comunidad. Cuando la vereda El Cerro aún no contaba con energía eléctrica, fue él quien lideró las gestiones y movilizó a sus habitantes para hacer posible la llegada de este servicio.
Su vínculo con la Biblioteca Pública Santa Elena también hace parte de este legado. Luis Enrique fue un actor clave en su consolidación como un espacio de encuentro y epicentro cultural del corregimiento. A esta trayectoria se suma su paso por la Secretaría de Desarrollo Social de Antioquia, donde impulsó proyectos orientados al fortalecimiento social y al mejoramiento de la calidad de vida de las comunidades rurales del departamento. Desde esta perspectiva, la historia de Luis Enrique Atehortúa puede leerse como un tejido en el que confluyen el cooperativismo, el liderazgo comunitario, las luchas agrarias y la gestión social.
Un sentido profundo de la cultura silletera
La cultura silletera no es una tradición que se sostiene únicamente durante el mes de agosto ni que encuentra su sentido exclusivamente en el desfile. Como lo reconoce el Plan Especial de Salvaguardia de esta manifestación cultural, existen pilares fundamentales que merecen ser salvaguardados: el vínculo campesino, la relación con el territorio, los conocimientos asociados a la tradición, la relevancia de las silletas y el carácter silletero del desfile.
Explorar la historia de Luis Enrique Atehortúa, particularmente su trayectoria como silletero, permite acercarse de manera profunda al significado de esta cultura en Santa Elena y comprender que, detrás de cada silleta, existe una historia de vida, un territorio y una memoria familiar que se transmite de generación en generación.
Luis Enrique heredó la tradición silletera de sus padres, María Ángela de los Ríos y Luis Elías Atehortúa Patiño. De ellos recibió no solo el conocimiento y el vínculo con una práctica campesina, sino también una forma de relacionarse con el territorio y de reconocerse en él. Tuvo, además, el privilegio de acompañarlos en aquel primer desfile que recorrió las calles de Medellín el primero de mayo de 1957, un acontecimiento que marcaría la historia de la tradición silletera y que, con el paso del tiempo, se convertiría en parte fundamental de la memoria cultural de Santa Elena.
Su liderazgo trascendió los límites de la práctica silletera y se proyectó hacia los procesos de organización y reconocimiento de esta manifestación cultural. Luis Enrique Atehortúa participó activamente en la Corporación de Silleteros y en los esfuerzos colectivos que, con el paso del tiempo, contribuyeron a fortalecer el reconocimiento de la cultura silletera como una expresión fundamental del patrimonio cultural colombiano. Este camino encontraría uno de sus hitos más importantes con la promulgación de la Ley 838 de 2003, mediante la cual se reconoció a los silleteros y a la Feria de las Flores de Medellín como Patrimonio Cultural de la Nación.
Autor de la réplica silletera (himno del silletero) es hoy común escuchar durante la Feria de las Flores:
“Silletero, silletera de mi tierra y de mi raza
cuando pasas en desfile, es Antioquia la que pasa
reviviendo la memoria
del abuelo y de la ruana
en Colombia se repite,
es Antioquia la que pasa”.
La música y la poesía como legado artístico y cultural
Sus hijas, Claudia y Patricia, recuerdan los rituales de su padre alrededor de la música y narran la importancia que le concedía a la transmisión de este saber dentro de la familia. Para él era fundamental que sus hijos aprendieran a tocar el tiple, no solo como una forma de acercarse a la música, sino también como una manera de mantener vivo un legado que, con el paso del tiempo, logró prolongarse en sus hijos y nietos.
Una de las facetas más significativas de Luis Enrique Atehortúa fue precisamente la de músico, compositor y poeta. Su vínculo con la música campesina lo llevó a participar en la creación y consolidación de agrupaciones que hoy hacen parte de la memoria cultural del territorio. Fue miembro y fundador de dos estudiantinas de especial relevancia para Santa Elena: la Estudiantina de Santa Elena y la Estudiantina de los Silleteros.
Como compositor y arreglista dejó una obra que recoge, entre sus acordes y versos, la memoria de un territorio y de una forma particular de habitarlo. Entre sus composiciones se destacan El Himno Silletero y Cositas de Santa Elena, obras que expresan el vínculo profundo entre la música, la identidad campesina y la cultura silletera. Su producción artística no se limitó a la creación musical: en su libro Memorias de Santa Elena reposa más de una docena de obras de su autoría, entre canciones y poemas que evocan el territorio, el vínculo campesino, las tradiciones y aquellos elementos simbólicos que han contribuido a configurar la identidad cultural del corregimiento.
La música de Luis Enrique invita así a una reflexión sobre el quehacer campesino en Medellín y sobre las maneras en que una comunidad construye, expresa y transmite su identidad. Su legado permanece también en los esfuerzos contemporáneos por mantener viva la música campesina; así lo evidencian iniciativas como la Estudiantina de la vereda El Progreso y la Estudiantina Comunitaria. En ellas la tradición encuentra nuevas voces, nuevos intérpretes y nuevas generaciones dispuestas a continuar el camino.
La guacherna: de la identidad silletera al amor familiar
Actualmente el archivo de Luis Enrique Atehortúa permanece resguardado en su hogar, un lugar donde su historia y su legado continúan vivos gracias a la memoria amorosa de su esposa Carmen Sánchez. Su vínculo con la cultura silletera y su propia historia dentro de ella merecerían, por sí mismos, un capítulo aparte. Carmen no solo conserva los recuerdos de una vida compartida; también custodia una parte fundamental de la memoria de un territorio y de una tradición.
La Guacherna es el nombre que Luis Enrique dio a su museo personal: una habitación completa dedicada a preservar los rastros de su vida. Allí reposan reconocimientos, cuadernos, instrumentos musicales, fotografías y diversos objetos que dan cuenta de su trayectoria y de su profundo vínculo con la cultura silletera. Cada elemento parece guardar una historia; cada fotografía, una escena; cada cuaderno, una parte de la memoria que Luis Enrique se empeñó en conservar.
Don Luis Enrique no solo fue disciplinado y meticuloso con sus procesos creativos y comunitarios. También fue un hombre profundamente amoroso con su familia y, de manera especial, con Carmen, a quien llamaba cariñosamente «La Negra». Ese amor, que atravesó los años y las experiencias compartidas, quedó también registrado en sus memorias, donde escribió:
«Me ha gustado mucho el lema “En vida, hermano, en vida”, pues para mí es vital aquello de “si quieres a alguien, díselo en vida”. No quiero reconocer el valor y las cualidades de la gente que quiero hasta el día de su muerte, durante el velorio y el entierro. Como no acostumbramos a decirle a la gente en vida lo que sentimos por ella, todo el mundo dice que “no hay muerto malo”».
Fiel a esa manera de comprender el amor, Luis Enrique se ocupó incluso de hacer las cuentas para saber cuántos días, minutos y segundos había durado su amor por Carmen. El gesto, aparentemente sencillo, revela la profundidad de un sentimiento que no quiso dejar para después ni reducir a las palabras del recuerdo. En esa cuenta del tiempo también permanece la historia de un amor que Luis Enrique se encargó de celebrar en vida y que, después de su partida, continúa latiendo en la memoria de Carmen, en las paredes de La Guacherna y en cada uno de los objetos que hoy resguardan su legado.



