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El beso de la mujer araña. Manuel Puig

Por: Ana Bedoya
Club de Lectura Medellín Barcelona

El beso de la mujer araña trascendió lo que ya se daba por supuesto en la novela. No solo por haber sido adaptada al teatro y al cine, sino también, por haber roto los cánones de la época, por su estilo narrativo diferente a todo lo que escribían los contemporáneos de Manuel Puig en latinoamérica, y por su argumento: la marginalidad del mundo de las ideas y la del cuerpo en oposición a una institucionalidad fascista.

El mismo Onetti en un concurso literario al que Puig llegó finalista, se negó a otorgarle el primer lugar porque según el escritor uruguayo, el hecho de que Puig prescindiera de un narrador omnisciente, no le permitía encajar la obra del joven escritor argentino en género alguno. Puig emanaba libertad creativa en un época difícil, se apartaba de la discusión sobre la pureza de los géneros, tratados hasta entonces como una cosa hecha y terminada.

Su estilo está impregnado de sus lecturas, pensamientos y preguntas, pero, especialmente de cine, cultura popular, oralidad, estética kitsch, folletines, boleros. A Manuel Puig no le interesó hacer parte de “una tradición literaria”, mucho menos del boom. A él le importaba sacarse su propia voz de su cabeza escribiendo las voces de otros, siendo fiel a lo que lo motivaba a escribir:

“Siempre he tratado de escribir respondiendo a una necesidad interna muy urgente, cada novela mía ha sido dictada por la necesidad de aclarar un problema y, en general, se me ha cruzado un personaje de la vida real que lo comparte conmigo, y lo aprovecho como protagonista. Siempre con el afán de poder analizar mis problemas personales con otra perspectiva, con otra claridad. Nunca he escrito una novela realmente en frío. Nunca me he propuesto hacer una novela de tal tipo, siempre ha habido una compulsión a escribir tal cosa que me ha llevado a mis buenos tumbos. Creo que a eso tengo que ser fiel”.

Puig publicó El beso de la mujer araña en 1976, en plena dictadura militar argentina, mientras estaba exiliado en México. La novela habla de los marginales de esa década. Sus protagonistas, Valentín y Molina, el uno preso político; el otro condenado por corrupción de menores, tienen personalidades aparentemente incompatibles que se encuentran recluidas en la misma celda. Es en ese encierro en el que surge la compañía de dos soledades excluidas por el mundo exterior.

Representan, según el propio autor, la dialéctica y la sumisión. También, una forma de ver, ser y actuar que el Estado deslegitima: Valentín, el militante de una causa política que se gesta desde “abajo” y deja por fuera las emociones; y Molina, el homosexual que se identifica como mujer y anhela la realización del amor romántico.  

En sus largas conversaciones -gran parte de estas en torno a películas que Molina le relata a Valentín- subsiste el deseo de cuidarse, de aniquilar el tedio, de mantenerse a flote, de no enloquecer, de conocerse; pero también el desencuentro, la confrontación, la angustia, el miedo a la soledad y a la traición.

Valentín y Molina se sirven como espejos. La celda se convierte, irónicamente, en un espacio en el que, con dureza y ternura, ambos experimentan la libertad de ser ellos mismos. En ese espacio limitado, sus confesiones crean una atmósfera de intimidad en la que es posible, a pesar del complot que los acecha, escucharse y reconocerse en sus diferencias. 

Además de estos diálogos, están los monólogos interiores, las extensas notas al pie de página sobre estudios psiquiátricos acerca de la homosexualidad y los informes del Estado opresor; elementos narrativos con los que el autor nos conduce a la psique de los protagonistas, nos revela el panorama oscurecido por la celda, nos muestra la mezquina tramoya de las circunstancias, provocándonos una sufrida empatía.

Este es un libro que se queda en la cabeza. Imposibles de olvidar, Valentín y Molina se vuelven parte de nuestro repertorio de conocidos, como si realmente hubiéramos estado allí. Al terminar la lectura, y volviendo a la cita inicial de Puig, nos queda meditar sobre las revelaciones a las que llegó el autor con esta novela, claridades hechas arte, sin fatigosas explicaciones, permitiendo que cada lector encuentre las propias. Puig, al escribir para resolver una necesidad interior urgente, nos ha legado una de las novelas más originales e inolvidables de la literatura.

*El beso de la mujer araña hizo parte del guion de lectura del Club de Lectura Medellín Barcelona y está disponible en el Sistema de Bibliotecas Públicas de Medellín.

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