SAO Cómo viajan las plantas y las palabras

Cómo viajan las plantas y las palabras

Una diáspora parlanchina y colorida de flores, brotes y vocablos

“Cuando por alguna razón los hombres emprenden un viaje en busca de nuevos horizontes, llevan en su equipaje el idioma y las semillas del huerto y el jardín de su terruño. Así ha sido desde tiempos inmemoriales. Y en esas antiguas, como en las nuevas diásporas que han llevado a los seres humanos hasta los confines más lejanos del planeta, los peregrinos y trotamundos van con sus palabras y sus plantas, cultivando y adaptando los términos y los frutos a los nuevos vientos, a los nuevos climas. Una diáspora parlanchina y colorida de flores, brotes y vocablos que reverdecen en la nueva tierra que recibe a los viandantes, los alimenta, los nombra y los cobija”.

Guillermo Cardona

El primer gran viaje de las plantas comenzó desde el momento en el que el Pangea, la gran masa terrestre que hasta hace 175 millones de años integraba un único continente, empezó a romperse. Los fragmentos se fueron distanciando y formaron a los continentes tal como hoy los conocemos; al separarse, algunos grupos de plantas de un mismo género quedaron aquí y allá, cuenta el botánico, Álvaro Cogollo, invitado a la charla del Seminario Abierto del Observatorio de abril: Cómo viajan las plantas y las palabras. Una diáspora parlanchina y colorida de flores, brotes y vocablos.

“Eso también demuestra que los continentes estuvieron unidos. Cuando un género tiene especies acá y allá se le denomina disyunción genérica, como pasa con el machare, una especie que encontramos en el pacífico colombiano y en África”, dice Cogollo, a quien no dejan de preguntarle sobre su apellido, asombrados por tal guiño que le dio la vida con su profesión. Durante 40 años ha realizado exploraciones botánicas por todo el territorio colombiano. Ávaro Cogollo, también profesor de la Universidad de Antioquia y de la Universidad Nacional, ha descubierto más de 150 especies de plantas.

Esas distancias continentales marcaron hermandades botánicas entre ciertos grupos y géneros, los cuales, a pesar de los kilómetros que las separan, con mares de por medio, siguieron su proceso evolutivo, valiéndose de diversas estrategias de supervivencia para lograrlo.

Aunque pueda parecer imposible, las plantas, explica Cogollo, son migrantes. Tienen un centro de origen, punto de partida de su viaje, desde el cual han encontrado la manera de viajar a otros lugares en busca de mejores suelos. En muchos casos las plantas han utilizado al hombre y a los animales como nave. Adonde llegan, si tienen la suerte de pelechar, suelen reemprender el viaje, lo que los botánicos los llaman centros de dispersión.

Son deslumbrantes las maneras en las que las plantas pueden dispersarse por ayuda de un
animal. En el caso de los frutos pesados y carnosos que caen junto a la planta madre, puede suceder, dice Cogollo, que un roedor lo tome como alimento y se la lleve lejos de allí. “Eso lo hacen por seguridad, ellos saben que si se quedan debajo del árbol puede llegar un depredador y si los encuentran ahí entretenidos comiendo, muy fácil se los pueden devorar. Esa defensa contra los depredadores es la misma que le ayuda a la planta a garantizar su sobrevivencia”.

También el viento es la autopista para el viaje, por el aire se deslizan tanto polen como ciertas semillas diseñadas por la naturaleza para que floten ligeras, como las del balso, las de la ceiba o las del diente de león. Y las hay con diminutos ganchos que se pegan al lomo
de un animal, a la piel o la ropa, como las del anamú. Luego caen sobre otros suelos, quizás más fértiles o en ecosistemas más propicios, donde con la asistencia de los polinizadores, se asientan, brotan y florecen. Otra forma de viajar a grandes distancias, continúa Cogollo, es a través del estómago de las aves migratorias; las depositan en el suelo cuando defecan, mezcla que a la vez les sirve a las plantas de fertilizante.

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Así como las plantas, las palabras también se las arreglan para peregrinar a través del espacio y del tiempo. “Un ejemplo son los cognados—apunta Guillermo Cardona, moderador de la charla—, esas palabras que son casi iguales en muchísimos idiomas”.

El ser humano es imprescindible en ese proceso, le responde el filólogo y poeta, John Franco, un apasionado y estudioso del leguaje, hechizo que justifica por su encuentro temprano con el latín y el griego en un colegio religioso. Desde muy joven Jhon comprendió que, aun teniendo la palabra escrita, si no hay una mente que pueda interpretar esos códigos, por más que estén plasmados sobre el papel, no servirá de nada.

En un comienzo el viaje de las palabras fue oral, a cargo de migrantes como los heraldos, que iban de aldea en aldea llevando mensajes. Ya con la escritura, explica John, fue suficiente con que algunos conocieran esos códigos para que las palabras llegaran a todas partes: “La invención de la escritura permitió acumular una cantidad de información, esto
hizo posible que un grupo de personas pudiera transmitir esa información de un lugar a otro. Una evolución muy importante que les permitió a las palabras viajar con más libertad y no depender de la boca”.

A diferencia de las plantas, con las palabras no es posible, al menos hasta ahora, conocer su origen con exactitud. El lenguaje, aunque vivamos inmersos en él, es uno de esos misterios inescrutables. “Y esta es la razón—continúa John— por la que el origen del lenguaje está en el corazón de todas las religiones, de los todos los cultos mistéricos e, incluso, en el corazón de lo que conocemos como magia. La magia está íntimamente relacionada con la palabra, porque en el origen de la palabra consideramos que está el origen de la vida. No podríamos comprender la vida humana sin el lenguaje”.

Sí es posible, en cambio, hablar del origen y viaje evolutivo de ciertas palabras. Las palabras son ante todo convenciones y cada generación trata de crear una convención nueva. Les cambia el significado, las modifica, las pronuncia de una manera diferente… No es algo que se haga muy consciente, pero así, poco a poco, va generando un cambio progresivo en el lenguaje.

Para explicarlo John expone el origen de la palabra palabra. Viene del griego y se remonta a la geometría. Los griegos usaron la palabra parábola para describir el viaje de un objeto cuando es lanzado con fuerza. El dibujo de ese lanzamiento muestra que el trayecto de escalada funciona como espejo del descenso del objeto. Por tanto, parábola empezó a significar la comparación entre dos cosas.

Más cercano que la geometría, el occidente asociamos parábola con el significado bíblico. Entendemos por parábola la narración que compara, a través de hechos ficticios, algo para aprender en la realidad, una enseñanza o una virtud. “Las parábolas, como narraciones, son comparaciones. Entonces la palabra parábola empezó a significar también el acto de hablar. Y al español pasó poco a poco con el sentido de palabra”.

De parábola, sigue John, vienen palabras como símbolo, algo que representa otra cosa. Curiosamente, la palabra contraria a símbolo (symbolon), que significa unir, juntar dos cosas diferentes, es diaballein, y de esta derivó diablo. La religión católica la adquirió y utilizó para simbolizar el acto de romper o separar. “En el origen—dice John—las palabras
parábola, símbolo y diablo, quién lo iba a pensar, están completamente relacionas. Así es como heredamos una palabra que hace todo un viaje, pasando por la geometría, por la religión, por las narraciones hasta llegar a lo que hoy en día conocemos como palabra”.

Para retomar la inquietud de Guillermo, John comenta que los cognados son efecto del trasegar de las palabras por diferentes lenguas con un mismo origen, ligadas entre sí por una raíz común; la más conocida es la indoeuropea. A las palabras les pasa como a las plantas que, una vez lejos de su centro de origen, puede transformarse en diversas versiones de sí mismas.

“Como las expresiones obrigado, del portugués, y arigato, del japonés—continúa John—,
dos palabras que vienen de la expresión latina obligatus la cual quiere decir: me siento obligado contigo por el favor que me hiciste. Obrigado es una abreviación y modificación de esa expresión. Y cuando los misioneros jesuitas llegaron a Japón, también la introdujeron dentro de la cultura, derivándose en arigato”.

Casi todas las lenguas que se hablan en Europa y Asia Central vienen del indoeuropeo, del
cual, según los rastreos filológicos, nacieron en la parte central de Asia donde se conformaron las lenguas sánscritas, que luego le dieron origen a la mayoría de lenguas del oriente, a excepción del chino y del japonés. El griego y el latín son las lenguas europeas más representativas de ese origen, pero también están el germano, el celta y todas las que derivaron después. “Una palabra que parece tener muchas coincidencias en casi todas las lenguas es: dos. Parece que la raíz duo se puede rastrear desde ese indoeuropeo y en casi todas las lenguas que han existido”, dice John.

Hacerle arqueología al origen de las palabras más comunes con las que nombramos objetos de nuestra cotidianidad puede dejarnos atónitos. Es el caso, cuenta John, de la palabra celular. Remite a célula, pero, ¿qué tiene qué ver un teléfono móvil con una célula? A primera vista pareciera que nada, pero para John la palabra tiene sentido en tanto se refiere al celular como una unidad de un sistema más grande y complejo.

Otro ejemplo es la palabra ion. Los iones fueron descubiertos por la física cuántica. Están
relacionados con la misma palabra que designaba a los jonios, un antiguo pueblo griego. “A los jonios se les conocía por ser viajeros. La palabra iones se refiere a esas partículas que viajan a grandes velocidades. Entonces, es curioso como un pueblo griego, los jonios, le dan el nombre a una partícula que descubren los científicos en el siglo XX”.

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Fue en ese ir y venir de la humanidad por distintos continentes con la intención de explorar y conquistar otros territorios como las plantas y las palabras se cruzaron, recuerda Guillermo. Así es como han traído y han llevado en su equipaje tanto vocablos como plantas, apreciadas por sus bondades alimenticias, medicinales, artesanales u ornamentales.

Las plantas de otros lados que llegaron a América con la colonización se han naturalizado al punto de que muchas personas creen que son nativas. Es el caso del café en Colombia, todavía hay quienes no saben que vino de África, su centro biogeográfico. Acá encontró condiciones tan favorables para proliferar que hasta muchas regiones del país se volvieron cafeteras y viven de su producción. También le pasó a la caña de azúcar, al arroz y a muchas frutas, como la piña, el mango o el plátano. Lo mismo, apunta Álvaro, en el caso de las plantas medicinales, la mayoría de esas herbáceas fueron traídas de Europa.

Esas plantas llegaron porque eran parte del equipaje de los viajeros. Algo que se entiende al observar una mudanza de hoy en día, dice el biólogo: “Lo primero que empacan las señoras en un trasteo son las plantas”. Lo que ha conllevado, agrega, a que algunas de esas especies se dispersen tan fácilmente que terminen volviéndose invasoras, como el ojo de poeta, una trepadora que se ha regado por todo el oriente antioqueño al punto de amenazar el equilibro de los bosques nativos. Se apoderan de los árboles, envolviéndolos con su belleza naranja, hasta impedir el paso de la luz del sol, lo que termina asfixiándolos.

“Las plantas y las ideas son lo primero que se mueve en esos viajes—comenta John—. Con
las palabras que salieron de América, por ejemplo, está el caso de la papa, una palabra quechua. Cuando uno ve cómo se dice en idiomas europeos, la adaptación está más por potato en inglés y patata en italiano, pero estas no tienen nada que ver con la original: papa. Una persona confundió la papa con la patata, y son completamente diferentes. Así terminaron dándole el nombre patata a la papa. Patata viene del taíno y la papa del quechua”.

Lo mismo pasó con tabaco, palabra que viene del árabe tabac. Cuando los conquistadores llegaron a América y se lo llevaron a Europa lo asociaron con lo que fumaban los árabes; así fue que la palabra quedó fijada y se extendió por todo el mundo al punto de convertirse en un cognado, pero la palabra tabaco, sin embargo, no existe en los idiomas nativos de América.

Fue Carlos Linneo, científico naturalista sueco, quien en el siglo XVIII estableció el sistema binario para darle nombres científicos a las plantas. El primero, explica Álvaro, es para la familia o el género, y el segundo es el que caracteriza a la especie. Un ejemplo es Handroanthus chrysanthus para el guayacán amarillo, ese árbol emblemático que cada tanto tapiza con sus refulgentes y sedosas flores las calles de Medellín. Handroanthus designa el grupo de especies arbóreas de la familia Bignoniaceae, distribuido desde México hasta Argentina. Ese primer nombre, además, se refiere también al botánico brasileño Oswaldo Handro.

En otros casos especiales, como el de Theobroma cacao, cuenta John: “en vez de asignarle un nombre más científico, Linneo le colocó Theobroma, que viene del griego y significa: manjar de los dioses. Otro caso curioso sobre el nombre de las plantas es el del agave, una planta mexicana. Esa palabra es original del náhualt pero el latín la adoptó entre su acervo. Esto pasa porque la lengua tiene la posibilidad de viajar en el tiempo con una versatilidad impresionante que permite hacer este tipo de combinaciones”.

Los nombres comunes también son otro ejemplo sobre cómo viajan las plantas y las palabras. “Hay muchas plantas que se importan con el nombre de su lugar de origen, por ejemplo, la papaya. Se llama carica papaya, pero ha viajado a muchas partes del mundo como papaya”, comenta Álvaro. Lo que le recuerda a John la metonimia para aquellos objetos que dejan de ser nombrados por su significante y terminan siendo conocidos por la propia marca: colombiano en vez de periódico; kolino, para la crema dental o icopor, para el poliestireno expandido.

Al inicio de esta charla, parecía extrañísima, aunque atractiva, esa combinación entre un filólogo poeta y un biólogo vallenatero conversado sobre temas aparentemente opuestos, pero, así como la palabra dio origen a la vida, la vida humana no sería posible sin las plantas. De otra manera, quizá, esta charla no habría sido un viaje en sí misma, un ir de un
punto a otro, un vigtae, un camino.

Encontrados en ese camino, ambos resolvieron que lo mejor para seguir ese viaje de plantas y palabras es la preservación. “La humanidad tendrá que cambiar su actitud. El modelo no puede seguir siendo la destrucción, quemar, tumbar para sembrar. De pronto solo vemos la masa verde, pero lo interesante es ver lo que ocurre allá; por eso hoy día no se habla de conservar especies sino de conservar ecosistemas. Es muy difícil conservar una especie fuera de su área, uno puede tener una planta en un jardín botánico. Esta crece, echa flor, bota la semilla y la sembramos, pero no brota, ¿por qué? Porque no está el polinizador, que es el que la ayuda y que debería estar en el bosque con ella, en su ámbito natural”.

Y pasa igual con el lenguaje, concluye John, la regla para que las palabras sigan funcionando podría ser la misma: “Es el cuidado que les damos y cómo las usamos”. Desde el PCLEO lo reafirmamos, sabemos que las palabras son la clave de la magia, y por eso, a viva voz decimos: “Las palabras funcionan”.