Mi vida querida, Alice Munro

Reseña

Alice Munro es una narradora dotada de algo más que imaginación y buena prosa: una profunda intuición que le permite mostrarnos la vida interior de los personajes. 

Los relatos de la escritora canadiense exaltan detalles del orden psíquico que la mayoría de la gente preferiría mantener soterrados.  

La serie de cuentos de Mi vida querida (2012), su última obra, nos dicen que “vida cotidiana”, como suelen achacarle al contexto de sus historias, no es más que un concepto vago, porque cuando nos detenemos en ella, en cada cosa que miramos fijamente y durante un buen tiempo, nos encontraremos con lo extraordinario.  

Cada relato tiene una voz propia, la de narradores que cuentan lo que ven y sienten como si lo expusieran en un diario íntimo o ante un terapeuta; en todo caso, ni se cohíben ni se mienten así mismos a la hora de expresar lo que piensan. 

Lo cuentan como si sus ojos fueran una cámara grabando en plano secuencia, que luego va a un plano cerrado, donde subyacen las ideas, los pensamientos, las emociones, los miedos, los complejos, las maneras particulares de interpretar el mundo.  

Así que una historia termina muy lejos de donde empieza, aunque al final todo cabo queda suelto, o al menos los cabos necesarios para que el lector quede perplejo.  

Desde pequeña, cuando ya inventaba historias camino a la escuela, Munro pensó que era la única narradora de su pueblo e incluso del mundo. Esa ingenuidad le permitió cultivar el arte de contar cuentos y tener la plena convicción de que hacerlo era algo importante, aunque debió lidiar un buen tiempo con esa frase que bien podría explicar el destino de muchos de sus personajes: “¿Quién te crees que eres?”.   

Gracias a esa convicción hoy es considerada maestra del relato corto. A sus 89 años, Munro cuenta con más de diez libros de cuentos que escribió intercalando la escritura con la maternidad y las tareas domésticas, una extensa obra por la que ganó muchos galardones, entre ellos el Premio Nobel de Literatura en 2013.  

Sus cuentos espejan todo lo que ella ha captado con los sentidos y ha interpretado con el alma en su apaciguada vida de provincia, gran parte de ella en Ontario, Canadá. 

Y su intención, ha dicho en varias entrevistas, es que quien los lea simplemente los disfrute.  

Habrá quienes leyéndola se vean así mismos, a sus vecinos, a su familia, a su aldea, al mundo siempre cambiante, pero hecho de lo mismo: de contrastes, de seres que se debaten entre romperlo todo o no hacer nada. En cualquiera de los dos extremos, buena parte de estas historias están dedicadas a los matices. 

Los protagonistas son el tipo de persona que suele pasar desapercibida, “los extras de la realidad”, a los que no se les pide opinión, los que está fuera de foco por ser demasiado pequeños o demasiado raros, o demasiado inválidos, demasiado algo, al fin; personajes imbuidos en una cotidianidad a punto de rasgarse: Una niña que empieza a cuestionarse el supuesto pensamiento progre de sus  padres; una maestra que aprende que la imaginación resulta ser una escuela tan buena como la experiencia; un pastor de iglesia que confiesa sus pecados frente a toda su comunidad por el placer de sentirse vivo; un hombre que decide no ser padre y olvidarse de las tragedias sin que esto le pese en lo más mínimo; un compungido policía que se sorprende al darse cuenta de lo efímero que resulta el duelo; una madre que muere en la fábrica donde trabaja luego de decir “tendría que sentarme”.  

Mientras tanto, de fondo está pasando el machismo, la guerra, los días de racionamiento, la crisis económica, la industrialización, el desarrollo tecnológico, la urbanización de los pueblos, la medicina especializada, las vacaciones a países exóticos, los virus nunca antes vistos, los movimientos intelectuales, la lucha de los credos…Y bien en primer plano, cuenta cómo eso menoscaba o estimula la existencia de quienes quieren quitarse de encima, o defender hasta el cansancio, según se vea, las ideas de la masa, el fanatismo.  

Los cuatro últimos relatos de este libro son autobiográficos y una despedida, según su autora, de las letras; Muro, como en el cuento Dolly, se retira en el momento ideal, cuando las cosas parecen en su mejor punto. En esos cuentos finales, además de su propia intimidad, se intuye cómo ese artificio que puede envolver una vida hasta asfixiarla también puede empujarla a un giro inesperado, aunque duela, en el que se reciba el regalo de descubrirse a sí mismo como un mundo propio.  

 

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