Sergio Valencia y Guillermo Cardona botan corriente sobre diálogos en serio y la charla meduda. 

“La conversación puede considerarse como una sofisticada herramienta que tenemos incorporada los seres humanos para interactuar con nuestros semejantes, para compartir impresiones, conocimientos, recuerdos, ideas, proyectos. Para escuchar y ser escuchado, con atención y respeto. Ahora bien, tan válida como la conversación seria, lo es la charla menuda, a veces apenas un cruce de palabras con el taxista, con el portero del edificio, con el señor de la tienda o la farmacia; y cuántas veces en esa conversación intrascendente encontramos sabiduría, calidez, buen humor. Pero sea la conversación más elevada o la más anodina, en ambas siempre es posible encontrar en las palabras muchas maneras para un mejor vivir, porque definitivamente las palabras funcionan”.

Guillermo Cardona 

Guillermo Cardona, “Memo”, y Sergio Valencia, “Checho”, son parceros de toda la vida. Se conocieron en la juventud, fueron vecinos, se reencontraron en la universidad, pasaron a ser colegas y co-creadores, y, hasta el sol de hoy, siguen unidos en una férrea amistad cuyo punto oficial de encuentro es la cálida y apetecida barra del Bar El Guanábano, en el centro de la ciudad, donde suelen juntarse para conversar por conversar. 

Pueden pasar horas brincando de un tema a otro, abriendo surcos, esquilando ideas, dibujando espirales, montándose en proyectos titánicos, elucubrando finos pensamientos, solucionando los problemas del país, desgajando datos y datos científicos, atando y desatando nudos hipotéticos, disparando argumentos, redactando guiones en el viento, citando versos, saboreando chismes… Pueden pasar horas, sobrios o borrachos, botando corriente, como le dicen al despistado que se les acerca, impactado con ese festín de palabras, manos en movimiento y gestos, a preguntarles, con ingenua curiosidad, en qué andan tan inmersos.   

Botar corriente, echar carreta, llegar a nada, dicen, porque los buenos conversadores no persiguen conclusiones. Y lo que es notable cuando andan juntos parlando como cotorras entre abundante sol, agua y fruta, son las carcajadas que se elevan por encima de la música de aquel bar, la nave de sus charlas sin fin, que suelen perder de vista como olvidan al tiempo. Esta tarde de marzo, en la inauguración de la Casa de la Literatura San Germán, Guillermo y Sergio se han encontrado para eso mismo, pero esta vez con público, en el Primer Seminario Abierto del Observatorio del 2020; dos conversadores innatos se topan, una vez más, para hablar sobre el arte del conversar. 

“En su perfil de WhatsApp, Sergio tiene una frase que reza: Estoy en completo desacuerdo. Checho, como le conocen en la calle, más que un humorista es un polemista” dice Guillermo para presentarlo. “Alguna vez fuimos jóvenes, lo que hemos hecho es hablar paja, además de hacer proyectos, Memo es mi parcero pa conversar”, comenta Sergio sin agregar nada a su biografía, según la cual estudió Literatura, es humorista retirado y ha trabajado como libretista, editor y presentador en televisión, prensa y radio. 

Y para Guillermo, escritor, comunicador social-periodista, el arte de la conversación ha marcado su larga carrera profesional. No hay pierde para quien lo piensa, por ejemplo, cuando de moderar una charla se trata.  Ser bueno con las palabras fue lo que lo llevó a hacer parte de la compañía de humor Frivolidad (la de Tola y Maruja), y a ser editor y libretista de la Zaranda en RCN. Su carácter de buen conversador y devorador de libros lo condujo a dirigir la Fiesta del Libro y la Cultura y a ser, en la actualidad, asesor académico del Plan Ciudadano de Lectura, Escritura y Oralidad.   

A Sergio, lo que más les gusta de la conversación es poner problema, nada raro para quienes conocen su segundo epíteto: “Pereque”. Lo dice abriendo sus ojos pequeños como dos pepas blandas y brillantes, mientras pasa sus dedos blancos y regordetes como un peine para su barba larga, hirsuta y estriada de canas. Por eso, “no más para ponerlo a volar en el pelo”, dice que siempre busca adrede la manera de aprovecharse de la fe “a rajatabla” que Guillermo le tiene a la ciencia. 

Por cada dato, Sergio lanza una provocación que puede ir de lo brillante a lo ridículo, nos más para cambiar el ángulo y abrirle socavones a las conversaciones. Guillermo suele ser más reflexivo y meditativo, masca cuidadosamente las palabras que va a decir, para lo que no falla su enorme archivador mental de datos agudos, muchas veces mordaces. 

Para ellos, esos borbotones de palabras crean un delicioso oleaje en el que surfean conversaciones asombrosas. La de hoy, sin embargo, es una conversación desacostumbrada, pues contrario a lo que piensan sobre ponerle condiciones a una conversa, los pone hablar de un tema en especial, de la filigrana detrás el arte de la conversación. ¿Qué es el arte de conversar?, ¿qué define una buena conversación y a buen conversador? Fueron algunos de los tópicos que desgranaron de un asunto que, como en las buenas conversaciones, ya lo dirán, tiene mucha tela para cortar. Acá les dejamos algunos momentos de ese intercambio palabras:   

  • ¿Qué es el arte de conversar?  

 “La conversación intrascendente es el equivalente verbal a la primera ficha de dominó: dispara una reacción en cadena, con todo tipo de consecuencias”.

Debra Fine

G: El hombre es el único animal que ríe. Y el hombre es el único bicho que conversa. No necesariamente para resolver un conflicto o para darle solución a los temas más profundos de la vida, no, simplemente a conversar, que es una manera muy saludable de perder el tiempo, sin necesidad de tener objetivo claro. 

S: ¿Por qué el arte de conversar? A mí me da susto denominarla así porque la vuelve complicado. 

M: Yo creo que hay que aprender a conversar y hay que practicar. La práctica hace al maestro, como en cualquiera de las otras bellas artes. Podríamos llamarle un arte menor, pero me parece a mí que es un arte exigente, que tiene unas características que lo diferencian del diálogo, del debate y de la polémica. Eso son otros niveles de conversación que nos meten en otros terrenos diferentes. A mí, por ejemplo, la plática me suena a sermón, a homilía, con cierto parecido a la cantaleta que elimina a la conversación.

S: Claro, y en una cantaleta es típico que te digan: ¡Y no me conteste! No hay forma de conversar. Y el sermón, el sermón es peor. Es de arriba hacia abajo. Y eso que llamamos diálogo es mucho más formal. Me parece que se vuelve una rareza el simple propósito de conversar, de relacionarse con el otro. Y yo defiendo la idea de que es muy difícil tener una conversación bacana cuando alguien le pone un propósito más allá de conversar. 

G: Sí, el propósito de una buena conversación es seguir conversando. 

 

¿Cómo se califica a una persona buena conversadora? 

“El mayor obstáculo para una buena conversación es la incapacidad del ser humano para escuchar al otro con inteligencia, habilidad y comprensión”.

Carl Rogers

S: Quien es capaz de prender la llama de la conversación en cualquier parte, sabiendo que lo que importa es irla tejiendo. No le pone límites al tiempo. Las conversaciones se explayan. Y muchas veces, cuando es buena, al despedirnos, decimos: ¡Hablamos! Es decir, mi interés es seguir hablando. Ese el objetivo: tejer, tejer y tejer. 

M: No teme tocar la esfera de lo íntimo, de lo cercano, porque la conversación es ante todo un espacio de la intimidad. 

S: Si uno se lo propone, es relativamente fácil entablar una conversación con quienes hacen parte de nuestro entorno cotidiano, pero el reto real de un buen conversador es mantener conversaciones con desconocidos. Eso requiere de empatía.  ¿Y por qué debe ser un reto que nos propongamos? Porque tenemos la herramienta de la palabra, la cual nos acerca al otro y establece una confianza con la que luego la conversación se va construyendo en distintos encuentros fortuitos. Y esa es una relación con la palabra que hemos perdido. A veces, las conversaciones son fallidas, pero por lo general son divertidas y nos permite conocer qué piensa el otro, cómo lo expresa, qué palabras usa…

G: Millones de conversaciones debieron empezar en las filas de la EPS…

S: O por el clima. 

G: Un buen conversador sabe escuchar. Hay que tener espíritu para saber escuchar al otro.

S:  Y disponerse. Asumir una actitud mental, atenta y de horizontalidad.  

G: Hay que tener el espíritu abierto, no cerrarse, por ejemplo, cuando lo que escucha no le gusta mucho. La inteligencia es como un paracaídas que hay que abrir para que funcione. Para que fluya una conversación se requiere cortesía, amabilidad, respeto, una cierta etiqueta. Hay que mantener unos modales básicos, tratar de no alterarse si se opina diferente, porque si no, no funciona, y menos con un desconocido. Hay que mirar a los ojos, no interrumpir. 

S: También es un buen conversador quien es capaz de saltar de un tema al otro. Siempre hay algún paranoico que sale a decir: “¡Ey, estábamos hablando de esto! Concentrémonos”. Un buen conversador no busca conclusiones. 

 

  • Las cualidades para una buena conversación:

 “Una conversación bien llevada es una visión de cordura, una ratificación de nuestro propio modo de ser humano y de nuestro propio lugar en el mundo”.

Deborah Tannen

G: La conversación no solo está en las palabras, está en los ojos, en las muecas, en las manos. 

S: Sí, y una buena conversación es aquella que activa la palabra para que brote naturalmente lo que llevamos adentro, porque, entre otras cosas, si no las hablamos, se enquistan, se atoran hasta que se hinchan y explotan. Las conversaciones buenas pueden cambiar de rumbo sin que nadie avise.

G: La sociedad está muy polarizada porque antes de la conversación se anteponen ciertos temas y conceptos. Y ya ahí empieza la beligerancia. La buena conversación es un entrenamiento para compartir con los que piensan diferente, esa es la gracia. 

S: Esa conversación es el ejercicio diario que deberíamos hacer para no colapsar. Es posible conversar con otros, aunque piensen muy distinto.

G: Cada vez se niega más la posibilidad de intercambiar pensamientos diferentes. La gente se para en una sola orilla y ya no se puede hablar. Allá hemos llegado por muchas razones, tal vez una sea la falta de práctica de acercarnos al otro, dejar los prejuicios y malestares anteriores. Una discusión, un debate y hasta una polémica deberían regirse por el principio de ser claras y abiertas. Permitir la posibilidad de encuentro cuando las ideas son contrarias. 

S: Sí, porque el uso de la fuerza, la violencia, destruye toda la posibilidad de escuchar. Por eso, para mí una buena conversación es la que puede ir de un lugar a otro, la que no tiene acta. Y las buenas conversaciones anidan el humor. El humor, aparte de ser saludable, es la inmensa posibilidad que tenemos los seres humanos de burlarnos de aquello que podría hacérsenos muy pesado. La conversación anodina es el nido del humor. Pasar bueno, reírnos, encontrar algo de qué burlarnos, limar asperezas, voltearle la torta a los malentendidos. 

G: Claro, las conversaciones que contienen humor permiten decantar ciertas diferencias, además de reconocer los gustos y las habilidades del otro, es una manera de reconocer al otro. 

S: Por eso, si uno encuentra a un buen conversador, es un tesoro que hay que conservar. 

El tiempo se fue volando, como en las buenas conversaciones en las que las ideas se dilatan como una constelación celeste vista por un telescopio, y revelan esos puntos en común, fértiles y luminosos, que pueden unirse en imágenes arquetípicas, o como esa desconocida materia oscura que permite reconocer la insoldable y profusa singularidad ajena.  Una conversación es una creación colectiva movida por los hilos de la empatía y por la intención desinteresada de compartir por compartir, reconociendo en el otro la humanidad que nos hermana. Fue una hora corta para abordar todo implica este arte, pero cuando el tiempo no alcanza, una buena señal parpadea. La conversación retornará como si nunca hubiera terminado. 

Si deseas saber más, te recomendamos leer el siguiente artículo publicado en El País de España sobre la magia de la conversación: 

https://elpais.com/elpais/2015/08/06/eps/1438872885_619918.html

Imágenes Seminario Abierto del Observatorio

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