Luego de que la poeta maya Negma Coy, invitada al 28° Festival Internacional de Poesía de Medellín, declamara en su lengua natal a los estudiantes de una institución educativa pública de la ciudad, una niña se acercó al profe Felipe, tallerista del Proyecto Gulliver, y le dijo: “Profe, todo es cierto, la poesía es cierta”.  Felipe le devolvió una sonrisa. Se daba cuenta del efecto. Al fin toda esa poesía precolombia y esos códices mayas que les había mostrado durante el semestre anterior había pasado por sus pieles. “Es increíble—dice tres meses después—, pues en este mundo tan globalizado, donde se encuentra casi todo en internet, cosas como la poesía parecen más una fantasía que una realidad”.

Felipe es tallerista del Proyecto Gulliver, una iniciativa del Festival Internacional de Poesía que nació en 2005 con el objetivo de mejorar en los niños, niñas y adolescentes en situación de riesgo y vulnerabilidad social habilidades como el pensamiento creativo, el auto conocimiento, la empatía, la comunicación asertiva, las relaciones interpersonales y la inteligencia emocional. “Debido a los fenómenos de violencia, los niños reproducen un lenguaje maltrecho, afectado y reducido, y a la vez un lenguaje violento. Este proyecto surgió para acompañarlos y fortalecerlos en esa parte”, explica Jairo Guzmán, director de Gulliver.

Recibió el nombre Gulliver en honor al clásico de la literatura universal escrito por el irlandés Jonathan Swift, una historia que “representa una ética de la imaginación, de la aventura, del viaje poético”, explica Jairo. Este año el proyecto ganó uno de los estímulos LEO con la propuesta: “Soy, hablo, escribo y leo en voz alta mis propia creaciones poéticas”.  Su objetivo fue poner en escena, en marco del Festival Internacional de Poesía, las obras producidas por los niños y niñas mediante talleres y recitales en nueve instituciones educativas públicas, a las que también asistieron, como invitados especiales, varios poetas de diferentes países.

Dice Jairo que los estímulos de LEO permitieron afinar el empoderamiento cultural, motivando a los niños, niñas y adolescentes a ser protagonistas de sus vidas, a recuperar su propia voz, haciéndola valer desde la estética, la poesía, el arte. Además, el 20 de julio se realizó un gran recital en el Teatro Sura del Jardín Botánico. Cuarenta niños, niñas y adolescentes leyeron en voz alta sus creaciones poéticas ante los beneficiarios del proyecto. Presentarse en el mismo escenario junto a consagrados poetas, les permitió demostrar ese despertar del impulso creador como una expansión del propio universo simbólico.

Jairo ha sido constantemente testigo del efecto de Gulliver. Él, formador de formadores, pone a Felipe, uno de los talleristas, como ejemplo. Lo presenta como un artista polifacético, joven músico, cuentero y poeta que empezó a asistir a las actividades del festival desde el 2001, fue integrándose a las demás programaciones y talleres hasta convertirse él mismo en tallerista.

“Jairo fue mi mentor, me formó como como tallerista y me dio los elementos para comprender como allí se representan las artes en conjunción (artes pláticas, teatro y música) para que ellos (los niños y las niñas) desarrollen su capacidad imaginativa, que desemboca en la capacidad de lectoescritura”, cuenta Felipe.

Los talleres se realizan en las aulas de clases con la intención de que los profesores se integren. Eso, según Felipe y Jairo, les ayuda a mejorar la relación con los niños, pues generalmente es casi siempre desde el regaño. “Nosotros trabajamos desde el abrazo, desde el darle la oportunidad al otro para hablar y expresar lo que sienten. Vemos que los profes también se relajan y empiezan a aplicar mucho de esos conceptos que nosotros les damos”, comentan.

El proyecto cada vez adquiere más fuerza, se vuelve más necesario. Por eso el festival desea que todas las organizaciones culturales trabajen para empoderar a la niñez de la cultura. Consideran vital reconstruir imaginarios y referentes simbólicos de paz y de coexistencia. “Al desarrollar la comunicación y ser capaces de expresarse con el otro, desarrollan la común unión.  Transformando ese lenguaje soez al que están acostumbrados”, apunta Felipe.

Transformar esa comunión con el otro solo es posible cundo se empieza un cambio interior profundo, así lo cree el Proyecto Gulliver. Sus talleres son tan lúdicos como reflexivos, hay mucho juego, música, dedos untados de pintura, pero también hay silencio y contemplación. Silencio para comprender al otro. Felipe recuerda a uno de los participantes, Juan Pablo. Un chico que era depresivo y pensaba constantemente en el suicidio.

“Él quería experimentar cosas nuevas, pero el colegio no se lo ofrecía; al contrario, él sentía rechazo. Al llegar Gulliver, Juan Pablo fue adquiriendo unas habilidades impresionantes para escribir, tocar guitarra y hacer poesía. Hoy día, su capacidad creativa se desplegó al punto de hacerse popular entre sus compañeros. Ese tipo de historias me confirman que lo que hacemos sí es capaz de cambiar las mentalidades de niños que no creen en la sociedad, ni siquiera en sí mismos. Es como si se les abriera una ventana, por la que llegaran un viento conciliador que les diera motivo para seguir viviendo”, cuenta mientras pone un video en YouTube.

Sentado en las escalas de un teatro, Juan Pablo, delgado y blanquísimo, gafas de vidrios gruesos para sus ojos miopes, habla ante la cámara y dice:  “Escribir me ha liberado de cosas que me aprisionaban y no me dejaban ser quien soy. Al recitar poesía y escribirla siento que puedo ser libre y puedo ser quien de verdad soy”.  Entonces, Felipe detiene el video y comenta: “Como poeta, los niños me han ayudado a encontrar de nuevo la ternura, a volver la sencillez”.

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Mirá este video en el que podés escuchar el testimonio de sus participantes:

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