La misión de estos avezados narradores mantiene viva una milenaria práctica que existe desde el principio de la oralidad, cuando la historia se trasmitía de una generación a otra y eran los mayores quienes precedían estos círculos de la palabra, bajo un árbol o alrededor del fuego. Para los Abuelos Cuenta Cuentos de Medellín la meta es la de enamorar a los otros de la lectura y transmitirles esos valores que ellos consideran esenciales.

Al ver en la sala de espera a los otros siete candidatos que también competirían por el puesto de locutor, les anunció con esa voz de bajo profundo que bien podían irse pues ese puesto era para él. Se rieron al escuchar la arrogante sentencia del niñito de 12 años. Además de pretender ser mejor que ellos, se les adelantó en el turno de la entrevista. No tenían idea que detrás de aquella impetuosa seguridad había un muchacho intrépido obsesionado con la idea de ser locutor. Tampoco sabían que se demoró tres años en afinar su voz hasta lograr ese tono grave y severo. Un tío solía preguntarle en broma, ¿acaso te tragaste un hombre? Antes de llegar a la pre-adolescencia, Fernando Yarce había perdido su voz de niño.

Ganó el puesto y desde ese día su voz empezó a sonar por aquel fascinante aparato que su papá, un vendedor de libros de la Editorial Bedout, llevaba a todas partes. Cuando lo dejaba por ahí, Fernando lo agarraba y jugaba a saltar de un dial a otro, deteniéndose en las radionovelas. Fue la época floreciente de la radio.  “Yo no sabía cómo se hacía una entrevista, ni nada, pero sabía que quería ser un hombre de radio”, cuenta cinco minutos después de terminar de leer en voz alta un capítulo de Memorias de África de Isak Dinense, el libro que están leyendo en el club de lectura Te Leo, dirigido a personas invidentes. Los asistentes lo escuchaban con total concentración, siguiendo la trama en el atractivo vozarrón de Fernando.

Estudió Comunicación Social, dice sentándose en una pequeña silla colorida de la Sala Infantil, carrera que decidió estudiar pensando que así estaría más cerca de la gente, aunque la mayor parte del día se la pase solo. Fue muy andariego, poco después de tener su primer trabajo como locutor, se fue a rodar a pueblos y ciudades. Antes de cumplir catorce años, ya conocía Bogotá, Bucaramanga, Barranquilla. Lo primero que buscaba no era hospedaje, sino una cabina de radio para que su voz se oyera en otras latitudes.

Durante cincuenta años leyó sus propias notas periodísticas a miles de oyentes que madrugaban a escuchar esa voz enérgica con la que les anunciaba las noticias de Antioquia. Esa pasión estaba enraizada en un antecedente todavía más antiguo: leer en voz alta. Los primeros libros también los trajo su papá, pero fue Imelda, la mamá, quien se sentaba a leer con los hijos. A los cinco años, asegura Fernando, se convirtió en un lector asiduo, y contrario a lo que decían sus amigos, jamás se volvió ensimismado. “Mi infancia era normal, jugar, tirar piedras en el solar, ir con los amigos a bañarme en el río Medellín, porque era una corriente limpia, no era una cloaca como es hoy en día” cuenta.

Hace un año dejó ir a las cabinas de radio, pero no pudo, ni lo ha intentado, cambiar la rutina que lo convierte en una rareza para el horario ecuatorial. Todos los días, Fernando se va a dormir a las cuatro de la tarde, se levanta a medianoche, durante cinco horas: lee, redacta notas periodísticas, sube sus comentarios a twitter (@ojovisual), escribe poemas que no se memoriza, toma agua helada, escucha música y planea el resto del día que, normalmente, incluye visitar la biblioteca.

La primera vez que fue a la Biblioteca La Floresta, lo hizo siguiendo su olfato de reportero, pensaba que tal vez, en ese espacio, podía encontrar algo, no sabía bien lo que buscaba. El destino lo empujó hasta allí, dejándolo frente a una cartelera que decía: ¿cómo te puedes vincular? ¿quieres ser un Abuelo Cuenta Cuentos? Fernando tenía 50 años y no tenía nietos. Siguiendo ese extraño signo que lo llevó a ese lugar, pidió que lo inscribieran en el tal programa. Eso sucedió hace diez años.

Empezó leyéndoles a niños, pero muy pronto pidió que lo pasaran con los adultos, “es que mi voz es muy fuerte y esos niños pensaban que yo los estaba regañando”, comenta con seriedad afectada. Entonces, se fue a leerle a personas invidentes, en el programa Te Leo, y a participar del encuentro Amigos Creativos: Manantial de Letras. Dice que su misión es tratar de enamorar a la gente de la lectura, esperando que activen su imaginación y que provoquen conversaciones.

“A mí me encanta conversar, por eso me gusta este programa de los abuelos. Hoy día la gente ya casi no se habla. Y, además, con los teléfonos celulares, la gente cada vez se envía más mensajes, pero poco se conversa. La gente tiene pereza, se limitan a usar esos dibujitos, emoticones, para decir cómo se sienten”, comenta Fernando.

Extraña a sus nietos, Gabriela de dos y Miguel de ocho años, “viven muy lejos y los niños no pueden hacer ese viaje solos”, dice y se le opacan la mirada. Sus hijos, Daniel y Hasan, se comunican todo el tiempo por smartphone y él, en cambio, no tiene ni WhatsApp, cuando necesita llamar a alguien lo hace por el teléfono fijo o desde uno público.

A Hasan le puso ese nombre por uno de los relatos de Las mil y una noche, libraco que empezó a leer a los seis años. “Cuando cumplí siete, llegó al cine Simbad y la princesa. Me impactó mucho, la historia estaba inspirada en uno de los relatos del libro, pero era muy diferente a como me lo había imaginado. Ese día me di cuenta que cada persona poseía una imaginación única. Y que los libros son una buena fuente para alimentar la propia. Aprendí que todos pensábamos distintos, aunque podemos coincidir en gustos”.

A Fernando le gustaría que un día, un domingo cualquiera, sus hijos llegaran a su casa y trajeran a los nietos, para él llevarlos al parque, invitarlos a helado, cocinarles y contarles un cuento. Está dispuesto a bajarle a su tono de voz, suavizarla, y hasta imitar voces de personajes fantásticos, para que ni Gabriela ni Miguel crean que se trata de un regaño. Por ahora, sigue siendo un abuelo que le cuenta cuentos a otros, a quienes aprecian el encanto las historias narradas por su voz grave y recia.

“Para volar no se necesita una nave, ni un avión, para volar de un lado a otro coja un libro y vuele”, dice Fernando y entonces cierro el cuaderno de notas y le muestro la frase impresa en la carátula: “Para viajar no hay mejor nave que un libro”. “Como lo dijo Emily Dickinson”, comento. Fernando abre sus ojos pequeños, casi negros, suelta una risita nerviosa y pregunta: “¿quién es?, ¿es una mujer?, pues tenía toda la razón, si no lees un libro para poner a vibrar tu imaginación, estás perdiendo el tiempo. Uno puede encontrar en las palabras maneras de vivir mejor, solo si está dispuesto”.

¿Quieres escuchar la voz de Fernando Yarce? En este audio lo escuchará leyendo un fragmento del libro Memorias de África de Isak Dinensen, seudónimo literario de la escritora Karen Blixen.

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