Esta vez, desde el Museo de Antioquia, nos dan algunas pistas leer una de las artes plásticas: la pintura.
Texto: Anamaría Bedoya Builes

“Nuestro plan es simple: ver, ver y ver”, dice Francelly Ortega antes de mostrarnos la primera de las tres obras pictóricas que eligió cuidadosamente para el Plan Casero de Lectura. Ella, joven estudiante de artes visuales y promotora de lectura de la biblioteca del Museo de Antioquia, es aficionada a la lectura desde que descubrió la compañía de los libros en la soledad del campo. Eso fue durante la adolescencia; pero cuando llegó a vivir a la ciudad, leer cobró otro sentido: le permitió VER con ojos críticos el contexto, especialmente el de su barrio, cercano a la biblioteca Centro Occidental de Comfenalco, donde además de participar en la actividades culturales, se formó como promotora de lectura.

Las tres pinturas elegidas hacen parte de la colección del Museo de Antioquia, lugar donde trabaja como promotora del proyecto La Banca Azul. En este espacio el museo promueve la acción de ver detenidamente; aunque está enfocado especialmente en las obras que se exhiben allí, la idea es sensibilizar la mirada para aprender a ver aquello que se nos pasa por alto, para encontrarnos con las narrativas que guardan las imágenes, para entender cómo estas convergen el mundo de la literatura y el mundo del arte, por ejemplo.

“Pero también se trata de comprender que ver de cerca y sin afán es una forma de leernos, conocernos y entender ciertos misterios”, dice ella, que con su cabello corto de rulos rojos encendidos es en sí misma la imagen viva de una mujer apasionada.  Ver es hacer un filtro de ese bombardeo de imágenes que pasan a diario ante nuestros ojos, desde la publicidad que inunda la ciudad, las imágenes estáticas y móviles que nos arrojan los medios de comunicación y las redes sociales, de las que nosotros mismos hemos llegado a ser contribuyentes, hasta las vivas y fugaces que captan nuestra atención en la vida cotidiana.

Ver con los ojos

Ver con los ojos es gozarse las imágenes, descubrirlas, compararlas.  Viajar a través de ellas”, explica mostrando la primera imagen. Es Pedrito Botero, un óleo de tonos azulados y terrosos, una figura infantil que más parece un muñeco envuelto en una atmósfera un poco burda, un poco sórdida.

Uno inmediatamente piensa: “ah, Fernando Botero”, ícono del arte colombiano. Espontáneamente surgen en la memoria destellos de la niñez, de yo tuve un soldadito de plomo, una casita de muñecas o un caballito de palo que montaba por la casa en la que crecí. En la imagen hay algo más. Un imaginario de territorio conquistado al lomo de un animal brioso y admirado, un símbolo de poder.

En ese óleo también hay algo que es a la vez severo y candoroso. Francelly explica que se trata de la catarsis de un padre que hizo del cuadro una representación alegórica del hijo que había muerto en un accidente a los cuatro años, y que pintó como si fuera un príncipe de juguete.

“Ver con los ojos pensando que ese primer impacto es una relación única entre el lector y la imagen, un reacción primaria. Remite a algo. Emoción, recuerdo, juicio. Es el gusto íntimo y primario de tener con la imagen un relación cercana e individual”.

Ver con la emoción

“Porque es necesario saber que las imágenes nos provocan sensaciones y emociones, nos comunican cosas, reafirman pensamientos y crean realidades”, dice mostrando El guayacán de Ethel Gilmour. Una belleza estética trasmisora de serenidad, equilibro, magia.

Es el árbol que cada tanto tapiza las calles grises y que produce al instante la imperiosa necesidad de detener la marcha apresurada, obligando a los transeúntes a salir de todo pensamiento, eclipsados ante la belleza rotunda, para levantar la mirada  y admirar su ramaje vestido de suaves flores amarillas.

“En esta obra de Ethel Gilmour la combinación de colores por sí sola remite a la belleza. Nos recuerda, además, lo vulnerables que podemos ser ante las imágenes, que bien nos pueden deleitar o inducirnos al consumo. Una imagen puede despertarnos sentimientos de amor y odio, nostalgia, amor o asco”.

“Estamos en una época en la que nos esforzamos por guardar en pantallazos los momentos preciosos, de eso están llenas las redes sociales, ¿o quién se toma una selfie tirado en la cama, deprimido y con los ojos hinchados? ¿Cómo hacemos para contarle al otro cómo vemos la ciudad?, ¿cada cuánto hacemos panorámicas de las ciudades que visitamos y cada cuánto hacemos panorámicas desde nuestra ventana o balcón?”.

También se trata, dice Francelly, que en ese ver desde la emoción nos atrevamos a ver lo que somos, lo que proyectamos, lo que imaginamos ser. Ver como vio Ethel frente a la ventana de su casa: ese árbol florecido, ene veces visto, que también es un espejo de nosotros mismos.

Ver con el contexto

“Aunque la relación con la imagen puede ser muy íntima, no podemos ignorar que esta tiene un contexto, es el caso de Horizontes—dice mostrando la tercera pintura—. Para muchas personas esta obra tiene que ver con lo que significa ser paisa, con la pujanza y todo eso, pero yo cuando la veo, observo a una familia. El contexto en el que está puesta una imagen también nos habla de una época y de un autor hace que la obra adquiera un significado más revelador”.

En lo alto de una montaña, con el hacha entre las manos, un equipaje ligero a la espalda y sombrero en la cabeza, un hombre mestizo señala el horizonte con el brazo izquierdo. Al lado, la mujer de falda larga y cabello oculto en un pañolón rojo, los senos turgentes de leche, carga en su regazo un a bebé rozagante que también mira el lugar donde empezará su vida.

La imagen es un arquetipo colectivo de ese imaginario fabulesco acerca de lo que ser “paisa” significa, de la gastada “pujanza”, como si al decirlo aceptáramos que esta ciudad ha sido un parto imperecedero y doloroso, que lleva varios siglos pujando cientos a miles de familias afincadas en este valle, persiguiendo una promesa de futuro.

La veo y las emociones son río revuelto. Es una pintura que representa la colonización, sí. Que la pintó Francisco Antonio Cano a sus 48 años, cuando era un artista reconocido y consagrado por la sociedad burguesa de principios del siglo XX. Pero la imagen, pintada cuando Medellín se precipitaba a un desbordado proceso de urbanización, impulsado por un modelo industrial, es también el drama de miles de campesinos que han dejado su tierra natal.

Sobre esta imagen, escribió Juan Luis Mejía: “Cien años después de ser pintado, el cuadro sigue representando a los millones de desplazados que buscan refugio, no en nuevas tierras sino en los cordones de miseria de la ciudad”. Ver desde el contexto es vital porque es reconocer que las imágenes no surgen de la nada y que son una voz de nuestra historia personal o colectiva.

Es escuchar al autor que quiere zambullirnos en una época para entenderla,  “y es también ver el lector que las mira desde un lugar particular. Y esa lectura de la realidad nos acerca o nos distancia a ciertos contenidos en los que podemos reconocernos como individuo y como sociedad”, concluye Francelly.

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