Aprender a ver con el alma, renombrarse para recuperar la identidad que fue marcada por el conflicto, la violencia, la bandera o el nombre de un grupo armado. La cárcel de Bellavista recibe una nueva visita, los facilitadores de los talleres de la Fundación Trashart que con teatro, lectura, programas de alfabetización y todo el calor humano llegan a acompañar a los presos quienes, a pesar de estar hacinados, llegan a sentirse inmensamente solos y olvidados. Se reconocen por sus alias y se distinguen por su ideología y el territorio en el que afuera peleaban. Pero de puertas para adentro, las necesidades y los sentimientos son tan básicos y precarios que nos hacen recordar que todos pertenecemos a la misma especie: la humana.

David Ocampo, líder del programa Escuela La Bella Vista, habla de los reclusos como sus grandes amigos: “A la mayoría no me le sé su nombre ni su alias. En mi taller, todos nos renombramos y nos llamamos como queremos ¿por qué? porque sus nombres tienen una reseña delictiva, y aquí lo que hacemos es una construcción colectiva y dejamos atrás lo que antes los enfrentaba”. Esto es un derecho fundamental, el que tiene todo artista a un pseudónimo. Y es que en los talleres de David, los reclusos, a pesar de todas sus diferencias, se encuentran como gestores artísticos: para buscar una mejor manera de vivir mientras cumplen su condena, o esperan su sentencia. La Escuela La Bella Vista promueve el respeto por el espacio. Ese que hoy todos habitan, sin importar cuál sea el delito que hayan cometido o el grupo armado al que pertenezcan. Los reclusos reciben formación en derechos humanos para entender sus crímenes y admitir que por eso hay un castigo y cumplirlo es el primer paso para la resocialización.

Con la convicción de que los procesos de lenguaje, artísticos y de solidaridad colectiva son una herramienta poderosa para la transformación de una sociedad, esa que, entre rejas o en libertad, padece los mismos problemas, David asiste con frecuencia al centro penitenciario con el sueño de remodelar la biblioteca para dignificar los espacios que los presos comparten con sus familias. En ella, los reclusos leen con con sus esposas, madres e hijos que los visitan cada domingo y en donde por un rato se olvidan de la prisión en la que viven y que en las palabras siempre habrá maneras de habitar otros mundos.

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