Sentados en un aula taller del Parque Biblioteca de Belén, varios jóvenes y una mujer adulta se sientan frente a una pantalla que proyecta una hoja en blanco. Santiago Salas, el tallerista o profe como algunos lo llaman, pasa varias imágenes con la flecha de un teclado. Los chicos, a destiempo gritan ¡Ya! Santiago se detiene en una imagen y les pregunta ¿Quién se anima? El ejercicio consiste en escribir lo que la imagen les evoque: un recuerdo, una historia, un sentimiento.

Al principio la timidez es colectiva, sonrisas nerviosas, la ansiedad de ser los primeros en atreverse a desnudar sus pensamientos frente a los otros se siente en el ambiente. Santiago los motiva, los llama por sus nombres: ¿Laura? ¿Alejo?. Por fin alguien toma el teclado inalámbrico y en una ráfaga de energía como si la vida dependiera de ello empieza a lanzar pensamientos a la realidad. La que todos observan. Una chica con cola de caballo y brackets lee en un volumen perceptible, pero que no desconcentra al escritor activo. A medida que las historias cobran sentido unos ríen a carcajadas, otros emulan sonidos de ternura y empatía.

Sesión de Escritura Viva en el Parque Biblioteca Belén. En la foto está Santiago Salas, el tallerista, con su grupo. 

El acto de escribir que por años ha sido mitificado como una experiencia en solitario se vuelve una actividad compartida. En Escritura Viva todos participan, como escritores, lectores y espectadores. Una vez derretido el hielo, alguien lee en voz alta lo que otro acaba de escribir, aunque todos ya lo leyeron mentalmente. En esta ocasión no hay lugar para el ensayo o para la pena. Uno a uno se van animado a escribir en público. Todos tienen algo en común: su imaginación es exorbitante. Uno escribe sobre las ardillas, otro inventa una historia sobre un profesor de física que tiene una bola mágica, una joven narra un día típico de una adolescente rebelde que no quiere hacer nada que no le apetezca y a regañadientes termina obedeciéndole a su madre. Poco a poco, lo que al principio parecía un ejercicio muy planeado se convierte en una práctica espontánea y liberadora. La dinámica del taller logra su cometido: darles vida a las palabras, a esas frases que estaban atrapadas en las mentes de los hombres y mujeres que asisten al taller. La escritura cobra vida, no únicamente porque es en vivo, sino porque se configura como una actividad social que nos permite encontrarnos en los otros.

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