¿Cuál es la ciudad que habitamos? ¿La que conocemos, o la que descubrimos a diario? La ciudad trasciende sus espacios: los moldea con palabras. Y los llena de historias que cuentan sus habitantes. Pero ¿cómo no dejar que pasen desapercibidos esos pequeños relatos? Tomando la palabra. Adueñándonos de ella para resignificar nuestros territorios: las comunas, los barrios, los corregimientos, las tiendas de la esquina, las bibliotecas comunitarias, las escuelas, los salones sociales, los jardines, las terrazas. Aprendiendo a leernos en las experiencias de otros que, sólo a través de sus palabras, podemos conocer.

El Plan Ciudadano de Lectura, Escritura y Oralidad “En Medellín tenemos la palabra” cuenta hoy con 23 proyectos ganadores de estímulos que, sesión tras sesión, en diferentes escenarios, busca narrar identidades y codificar el territorio: la ciudad. La que conocemos, e incluso la que soñamos. Y es que esos proyectos no son abstractos. Son personas. Hombres y mujeres de todas las edades cuyo propósito no es únicamente utilizar el lenguaje como una herramienta de comunicación eficaz. Van más allá de sus realidades para encontrarse con otras, motivando a sus vecinos, amigos y familiares a conocerse y re-conocerse mediante anécdotas, recuerdos, cuentos, imágenes, historietas, sonrisas: como lo hace Santiago Salas, líder de Escritura Viva, quién promueve el acto de escribir como algo espontáneo y social. En sus talleres no hay lugar para la pena o el ensayo. Allí, los chicos de Belén les dan vida a sus recuerdos mediante un ejercicio de escritura frente a todo un salón.

La ciudad es el lugar donde convergen múltiples identidades, algunas aún no logran comprenderse. Reconocer y leer el territorio para apropiarse de sus espacios e incentivar la tolerancia es también una de las metas del Plan de Lectura, Escritura y Oralidad. Este año los 23 proyectos seleccionados por la convocatoria de estímulos tienen ese reto y, poco a poco, sesión tras sesión, los niños, jóvenes y adultos de la ciudad se irán formando como personas críticas, autonómas y conscientes de la ciudad que habitan.

Porque ¡En Medellín tenemos la palabra!

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