Me bajé en la primera nube

Por ÓSCAR MAURO ÁLVAREZ VÉLEZ
Técnico Social y Cultural
PARQUE BIBLIOTECA FERNANDO BOTERO DE SAN CRISTÓBAL

Cachete del cielo

No hay nada más lindo, purificador y lubricante para la creación que tener la periferia en frente, quiero decir con esto “el panorama”, “la divisa” en toda tu nariz. Los cerros tutelares de la ciudad de Medellín son el balcón donde el poniente siembra sueños; donde viven personas mágicas, puras, llenas de armonía que se encargan de cosas esenciales para desarrollar nuestro día a día, nuestra cotidianidad y algo muy importante, nuestras labores en nuestros proyectos de vida, oficios, trabajos u hobby.
¿Sabes a cuánto le pagan al campesino la fruta, hortalizas, legumbre, flores, o arena o las piedras con que se construyó tu casa? O mejor ¿a cómo le pagan la señal? ¿Cómo dice? Sí, escuchó bien doctor, “la señal” esa que atraviesa las montañas, los ríos, las paredes, la que surca velozmente los cielos y atraviesa nuestro cuerpo sin darnos cuenta, igual que el aire que no pensamos o realizamos esfuerzo en estar conscientes tanto de la respiración como de la inhalación, si la señal para que te pueda llegar a tu casa, telefonía móvil, televisión, radio, internet, seguridad de la policía, etc.
Hay varios, mejor dicho muchos lugares donde están sembradas un sin números de antenas que se encargan de repetir y emitir esa señal; pero hay unos seres tanto hombres como mujeres, pero también adolescentes y jóvenes, incluso niñas o niños que realizan esta invisible labor: no dejar caer o si se cae dar aviso inmediatamente a los técnicos para que se restablezca como por arte de magia.

La vereda el Carmelo está, más o menos, entre 35 y 45 minutos de recorrido en automóvil desde el centro de Medellín, situada sobre el costado izquierdo de la carretera que conduce al Municipio de San Pedro de los Milagros
Sí, así como lo escuchan, un lugar andrógeno, donde los habitantes tienen en sus ojos un brillo de antaño, unas manos como aquellas del abolengo familiar de esa Antioquia Federal soñada, incluso una cancha bien particular de microfútbol y baloncesto, dividida por una línea imaginaria que delimita: de aquí para allá es de San Cristóbal y de aquí para allá es de Bello, y como dicen sus habitantes: “en este lado se ve la obra de Medellín y de este lado se ven los políticos de Bello cuando estamos en temporada de elección”.
He ahí el dilema, se puede observar desde esa montaña el norte del Valle del Aburrá, Bello, Copacabana, Hatillo y hasta más. Pero si regresas la vista hacia el sur, el pico del Nevado del Ruiz que está a una distancia de más o menos 400 kilómetros en el Departamento de Caldas. En frente tienes esa cordillera donde está el oriente Antioqueño, el que esconde el gran Valle de San Nicolás.
Pero regresemos a su esencia, sus habitantes. Esos que viven allí, que no tienen un transporte continuo de fácil acceso económico, esos que padecen la incomunicación de telefonía celular o de medios de internet, los que no tienen en su contexto una pequeña droguería, un lugar de sano esparcimiento como gran plaza, una biblioteca o en su defecto un espacio arquitectónico donde realizar eventos artísticos o culturales donde se enriquezca su imaginario, su cultura.

“Casi nadie nos visita”

Esos que viven en las raíces de esas gigantescas antenas, que reciben y replican la señal de la que nos beneficiamos los que vivimos en las grandes ciudades, los que nos alimentamos y adornamos nuestros hogares con flores cultivadas por aquellos mágicos seres. Sí, esos habitantes de la Vereda El Carmelo que decidieron aceptar la invitación a un encuentro inesperado con telarañas y palabras encadenadas.
Ellos y ellas se reían en la búsqueda del objetivo, el juego de la Araña, un ejercicio grupal donde cada uno sostiene una cuerda la cual está pegada a un aro plástico y en la mitad tiene un palito de chuzo el cual debe ser introducido en un recipiente, no terminaban de entenderlo. Trataban de hacerlo hasta que una de ellas dijo que por favor volviera a repetir las reglas. Después que quedaron claras, ahora sí, con trabajo en equipo, escucha y coordinación pudieron lograr el cometido, al final ellos.
Al final, palabras encadenadas: casa, sapo, poste, terreno; y así, representándolas con el cuerpo, sigue el juego. Fue mucha diversión, se reían sin parar, se burlaban de su vecino, pero la creatividad afloraba en cada uno. Al finalizar, una de ellas se me acercó y dijo “Es muy rico cuando nos hacen actividades ya que casi nunca nadie nos visita”.