Imagínese pues que yo, con siete u ocho añitos, me tenía que levantar a las once de la noche, con ese frío tan berraco, y salir al bosque, descalzo, a buscar las bestias para cargarlas con los cultivos, pues anteriormente nos acostábamos muy temprano, cuando anochecía o antes, porque el transporte de los cultivos a las plazas de venta en Medellín lo hacíamos de madrugada.

Oiga pues yo le sigo contando. En las noches que no había luna la oscuridad era tremenda, no usábamos antorchas y las linternas eran carísimas, sólo los ricos por allá en las ciudades tenían pa’ comprarlas. Encontrar los caballos a veces era muy difícil, pues ellos pastaban libremente en el monte, no como ahora que son encerrados en un metrico de tierra. Figúrese pues que una vez, después de haber encontrado las bestias, las amarré de una de las columnas de la casa y entré a avisarle a mi papá que ya podíamos cargarlas con los cultivos que íbamos a vender allá en Medellín, cerca de la Alpujarra; ahí antes quedaba la plaza El Pedrero, donde vendíamos nuestros productos. ¿Qué le estaba contando? ¡Ah, sí! Cuando salimos a ver, los caballos ya no estaban donde yo los había dejado amarraditos… ¡Oiga, qué susto tan berriondo! Nos fuimos en combo a buscarlos al monte y los encontramos mucho después en medio del bosque con mechones de las crines trenzadas. Esas eran las brujas, les encantaba llevarse los caballos monte adentro y hacerles trenzas. Esas hijuemadres trenzas eran muy difíciles de desamarrar, las enroscaban de una manera extraña, como en espiral.

¡Eh, Ave María! En el campo antes se veían cosas que ahora no se ven. Vea pues yo le sigo contando; yo acompañaba a mi papá todo el trayecto desde la vereda hasta San Cristóbal, ahí nos esperaba un carro escalera que se iba con los cultivos y los campesinos a bordo rumbo a Medellín. A veces nos tenían que esperar media o una hora más, por lo general en invierno, porque como usted sabe, La cuchilla es una vereda muy empinada y llenita de quebradas, algunas de ellas no se ven porque pasan debajo de la tierra. Entonces, usted no se imagina lo que teníamos que padecer en invierno, por tanta lluvia, para bajar la carga de cultivos hasta San Cristóbal, pues en esos tiempos no existían puentes y teníamos que esperar que la corriente amainara para poder cruzar las quebradas nadando, agarrados de las colas de los caballos para no ahogarnos.

A eso de las dos de la madrugada ya teníamos que tener todo listico en San Cristóbal y mi papá se iba en la escalera para Medellín con los cultivos para vender y yo me tenía que devolver solo con las bestias sin carga para la vereda. Como yo era tan pequeño mi papá me amarraba con cabuyas de las enjalmas, me cubría con una ruana y me echaba la bendición confiando en que la memoria del animal me llevaría sano y salvo a casa, pues las bestias nunca olvidaban el camino de regreso. ¡Óigame pues! Yo no me quitaba esa ruana de encima, es más, ni siquiera me movía, me iba bien quietecito con los ojos cerrados recostado en el lomo del caballo, pues usted no se imagina el susto tan hijuemama que era andar a esas horas solo por el monte; decían dizque que unas luces pequeñas, de color azul, se veían a veces en medio del bosque y que si uno las seguía, se encontraba un entierro, ¿Usted sabe qué es un entierro, no? ¡Pues una guaca! Y resulta pues que uno de esos días me dio por quitarme la ruana y como es que de inmediato veo una luz ahí, justo antes de pasar una tranquita. Le digo que yo cerré los ojos, palmoteé al animal para que pasara rápido y no los volví a abrir hasta que llegué a la finca. Unos días después un vecino cavó justo ahí, debajo de la tranquita, y dizque que encontró el entierro, se volvió rico y  se fue. Nunca más lo volvimos a ver.

Fragmento de entrevista a Don Arturo, campesino de la vereda La cuchilla – San Cristóbal corregimiento de Medellín, como insumo para el proyecto investigativo que desarrolla la actividad Memorias vivas.

Transcripción y edición por Mónica Parra, mediadora de biblioteca en el Parque Biblioteca Fernando Botero, San Cristóbal.