1er puesto: Las familias cuentan

II Concurso de narrativas: Las familias cuentan

Los primeros voladores sonaron  a las 6:00a.m.; con los ojos adormilados cada quien se fue levantando; no era un día cualquiera, era el día del Globo. San Gabriel despertó con un sol brillante que quemaba las montañas y hasta el sector de La Escombrera, ese misterioso y mitológico lugar en el cual muchos dicen escuchar voces que emanan de la tierra, parecía unirse a la felicidad de todos, engalanando la vereda con sus bellas formas.

La temperatura comenzó a subir y antes de las 7:00a.m., el primer globo emergió del sector de Barrionuevo, con unas dimensiones que desafiaban las posibilidades de estas creaciones de papel. Subió lento y con elegancia, mientras los estallidos de la pólvora convocaban a toda la verada a la contemplación del coloso, que flotaba en el aire con la gracia de una pompa de jabón tornasolada.

Y así, uno a uno se iban elevando; corazones de Jesús que parecían llevarle a algún dios las plegarias de los más piadosos, camisetas de fútbol de los equipos locales que provocaban el griterío de los hinchas, barcos que a toda vela se dejaban llevar por el viento y tantas otras figuras que colmaban el cielo de colores y alegría, a pesar de las restricciones legales que prohibían el uso de los globos tradicionales por ser causantes de innumerables incendios.

Los gritos y silbidos no se hicieron esperar; la geografía de San Gabriel permitía ver cómo aquí y allá, los techos y balcones se iban disponiendo para observar el espectáculo. Pero no sólo eran los sangabrieleños, era toda La Loma la que, tácitamente, convergía en una celebración vital, que más allá de poner a flotar globos en del aire, representaba una forma de resistencia, ante la terquedad de una violencia que se negaba a abandonar la vereda y que sólo se marchaba por lapsos de tiempo, para regresar más despiadada e implacable.

Aquel día La Loma entera era la anfitriona que recibía a centenares de curiosos, que de todos los rincones de la ciudad y municipios aledaños, llegaban para ver la particular dinámica de una fiesta que llevaba más de una década alegrando la vida de los lomeños.

La gastronomía era diversa; tamales, sancocho, fríjoles y fritangas y la infaltable empanada lomeña con ají picante o dulce, de obligada degustación y consumo para cualquier visitante.

Los globos que desde temprano ascendían, se iban convirtiendo en puntitos negros, enmarcados en un cielo azul y transparente, cómplice de la felicidad de lugareños y visitantes. Después del medio día, el  volumen de los equipos comenzó a subir; el porro, característico de la tradición cultural de la vereda, el  vallenato, la salsa y la música tropical, se escuchaban en diferentes casas, confundiéndose en un babélico encuentro de ritmos y sonidos.

A eso de las 6:00p.m. la fiesta estaba en pleno, los patios y las terrazas rebosaban de gente, incluyendo algunos extranjeros, amantes del exotismo y las costumbres latinoamericanas, que andaban por todas partes registrando en sus cámaras de alta gama, las peculiaridades de una vereda que, hasta este día, había sido totalmente desconocida para ellos.

Después de las 7:00p.m., los globos ya parecían luciérnagas diseminadas en un cielo negro, ausente de nubes y luna; a esta hora los bailarines no daban tregua y melodía tras melodía demostraban sus innatas dotes danzarinas, características de las familias más tradicionales del lugar.

Las botellas de aguardiente, ron y cerveza se apilaban en los rincones; la noche avanzaba entre el baile, las risas, las conversaciones jocosas y el bullicio de los niños, que aún discutían sobre cuál de los globos había sido el más hermoso del día; porque si de creatividad se trataba, la vereda entera podía alardear del primor y la prolijidad con que era fabricado cada globo; porque todo era importante en este proceso; la selección del papel y sus colores, la dimensión, los secretos y técnicas para que se elevaran hasta perderse en el firmamento y, lo más importante, los personajes del momento y las figuras simbólicas que jóvenes y adultos ingeniosos plasmaban en el papel.

La noche avanzaba en armonía y ya en la madrugada de un lunes festivo, los cuerpos cansados comenzaron a ceder; los equipos de sonido bajaban su volumen y sólo quedaban en los patios y balcones algunos borrachitos que se resistían a terminar la fiesta.

Un sol montañero y anaranjado asomaba por el oriente y sólo se veía en la vereda uno que otro parroquiano que se dirigía a trabajar y algunas señoras que sin falta asistían todos los días a misa de siete. Algunos globos desorientados flotaban aún en un cielo limpio e impecable. La fiesta del globo había terminado, dejando en el aire un olor a fritura, petróleo y pólvora que, por varios días permanecería en el aire.

Familia Paniagua López