Queridx huésped:

Quiero regalarte tres imágenes como tres partes de un conjuro, como tres pasos para asomarnos al oráculo y comprender nuestra presencia en este lugar en este instante. Son tres imágenes para estar frente a frente, doblando la distancia como los pliegues de una carta entre desconocidos.

La primera es esta. La superficie de la roca se agrieta en la eternidad de su memoria, cada humedad sueña con la llama ardiente de hace cuatro mil años. El eco de cientos de miles de generaciones de murciélagos ha volado frente a esta imagen. ¿Ves los ciervos, los bisontes? Un dedo acarició sus contornos empapado en tintura, forjó sobre la piedra las presencias galopantes, las manadas, las figuras como hombres al acecho, pero su centro —ese centro donde te guío ahora— es la sombra de una mano abierta con los dedos extendidos.

En la segunda hay dos adolescentes. Uno soy yo, el otro es J. Estamos de pie a la salida del Teatro Matacandelas. Acabamos de ver O marineiro en función de medianoche. Tenemos dieciséis años. El mundo es nuestro. Todo pertenece a nuestros pasos y nuestros pasos pertenecen al asombro. La realidad se permuta al antojo del capricho de nuestra voluntad. Somos redundantes, rimbombantes, eternos. Muchas veces la recordaré al necesitarla: La amistad en primer plano, el arte detrás.

En esta imagen —la última— debería estar llorando. Estoy triste. Roto. Quebrado. Acabo de comprobar la cualidad de vidrio en nuestra alma. El martillo fue la muerte de mi abuelo. La oscuridad a mis espaldas calla, aunque nadie duerma. Lo importante es la luz en la mesa, la lamparita iluminando el libro entre mis manos. Mi abuelo acaba de morir. Yo leo en el primer silencio de la muerte.

Esas son las tres imágenes. ¿Por qué nos encontramos en este espacio, en este instante, huéspedes ambxs de la Biblioteca? Te diré: “Estamos aquí para acariciar la mano grabada hace cuatro mil años en la cueva, y conseguir en la magia de su invocación un espejo resistente a los siglos. Estamos aquí como celebración a la amistad, esa maravilla de la condición humana capaz de liberarnos de nosotros mismos y ofrecernos una mirada nueva. Estamos aquí para recordar o descubrir que la literatura contiene el aliento necesario para devolvernos la vida, para salvarnos cuando sentimos al mundo destrozarse”.

Diré algo así, y luego, queridx huésped, extenderé mi mano. Bienvenidx a la casa compartida desde siempre, la siempre abierta, la acogedora.

0