Defensa apasionada del parlache y la esquina

Cabezote

Juan David Villa

@ortografiajuanv

Juanda0812@gmail.com

El idioma nace en la esquina, en plena calle. No nace en los libros de gramática ni en los de ortografía. El camino es al revés: de la esquina, de la calle y del hogar va a parar a los libros, a los diccionarios. Por eso los diccionarios nacen viejos: porque la cultura va más rápido. Es que el ser humano fue creado para “modificarse” y para alterar (este verbo está relacionado con el latino alterāre, que a su vez viene de alter, que significa “otro”), y para alterar en todo su significado: cambiar la forma de algo, dañar, perturbar, enojar. Así que tenemos derecho a usar nuestras palabras, esas paridas en nuestras esquinas, esas que juntas se llaman parlache: el parlar del parche. Parlar es hablar. Los franceses dicen parler y los italianos dicen parlare en vez de nuestro verbo “hablar”. Y el parche es la misma esquina, pero la esquina del barrio pobre, porque los que vivimos en este lado sabemos que es aquí, en el barrio popular (o sea, del pueblo), donde hay vida. Las esquinas de los barrios ricos siempre están solas y, por eso, en silencio. Tenemos ese derecho, claro que sí, así como en Buenos Aires usan su lunfardo, que es su jerga, sus palabras. Y, por cierto, muchas palabras de nuestro parlache llegaron desde el lunfardo. Y no es raro: Medellín es tanguera desde los abuelos por lo menos. Tombo, bacán, cana (cárcel), pinta (hombre bonito o la ropa) son lunfardas, y ya parlaches también. interior-squina Sigamos llamando “filo” o “gurbia” a la sensación de hambre y “parce” o “parcero” al amigo, al buen vecino. La novia es la “polla” y un tipo (hombre) es un “man”. La fiesta es la farra, palabra posiblemente de origen portugués, e irse de fiesta es “enfarrarse”. Golpear, aporrear a alguien es “cascarlo” (cascar viene del verbo latino quassāre, que significa golpear), cortejar a la dama que nos atrae es “cotizar” y el que habla más de la cuenta o miente es un “casposo”. Los problemas son “güiros” y las peleas son “tropeles” (tropel tiene que ver con tropa, con muchedumbre). El que hizo algo que disfruta dice que aquello fue “un solle” (el verbo “sollar” ya no se usa, dicen las academias, pero no es cierto: lo usamos, aunque con este significado diferente), el que se va de un lugar “se abre” y al que lo echan le dicen “ábrase”. Al que le va bien con las mujeres es un “pegón” o “cotizón” y “dar lora” o “dar lata” es dar de qué hablar por un comportamiento bochornoso, pero una “lata” también es la navaja y la pistola es un “fierro”. En vez de “correr”, “nos pegamos el pique”, y lo que nos agrada, además de “bacano”, es “cuca”, “chimba” o un “poder” (¡qué poder de camisa!). Quien tiene mala fortuna es un “demalas”, un “salao”. El afortunado es un “debuenas”, un “chepero”, un “derecho”. El que se asusta se “azara” y al que lo estafan “lo tumban”. Un niño es un “culicagao”, se explica sola, un adolescente es un “sardino”, y con unos añitos más llega a “muchacho”. Un adulto es un “cucho”, y si está por los 40 y tantos y se le asoman las canas, es un “catano”. Un anciano es un “cuchito” o una “arruga”. El idioma nace en la esquina, en plena calle. No nace en los libros de gramática ni en los de ortografía. El camino es al revés: de la esquina, de la calle y del hogar va a parar a los libros, a los diccionarios.