De por qué no tenemos que leer | John Franco [Letras Abiertas]

De por qué no tenemos que leer.

Mientras busquemos razones para leer siempre leeremos por las razones equivocadas. Borges decía que el verbo leer, como el verbo amar, no resiste el imperativo. Toda la vida, sin embargo, nos han dicho que tenemos que leer. Leer te ayuda a desarrollar cualidades especiales; también practicar salto triple, pero nadie nos dice que “tenemos que” saltar todos los días. No desconocemos los beneficios de la lectura: nos afianza procesos cognitivos, ayuda a desarrollar nuestra capacidad de empatía, abre nuestro horizontes de intereses y conocimientos. Pero nadie abre un libro en la noche y se queda leyendo a escondidas hasta las tres de la mañana para mejorar su capacidad de análisis. Lo nuestro con los libros es algo más visceral; como decía Borges, es como amar; y el amor, decía Cortázar, no se puede elegir, te cae como te cae la lluvia y te deja empapada el alma. Elegimos el libro que vamos a leer, pero no el que nos va a cautivar, no elegimos la montaña rusa de emociones, no elegimos esa idea que se incrustará como piedra en nuestra mente sobre el mundo o sobre los seres humanos y que no nos dejará nunca, no elegimos tampoco la sensación extraña de vacío y plenitud que queda al terminar la última página. Algo nos hala por dentro y sucede como suceden todas las casualidades: un impulso nos lleva a pasar el dedo por entre los lomos de los libros de la biblioteca, el dedo se detiene, retira ese libro del estante, la nariz se acerca como si fuera un chocolate caliente, la mano acaricia la carátula, y entonces leemos la primera frase: hemos caído en la dulce trampa, y de ahí, muchas veces, no se vuelve nunca. No tenemos que leer. Simplemente, no tenemos de otra.