Carta a un lector que no ha nacido [Letras Abiertas]

A mediados del siglo XIX, las mujeres obreras y las mujeres operarias y las mujeres dedicadas a los oficios de sus casas, millones de mujeres en el mundo, que en sentido político no existían porque no tenían derecho a votar ––como tampoco tenían derecho a decidir sobre la condición reproductiva de sus cuerpos, o sobre sus destinos amorosos; mujeres quienes apenas podían plantearse una relación laboral con la imaginación o con el intelecto––, empezaron a leer novelas románticas, y en el desprecio que los hombres sentían por esas historias sentimentales ellas iniciaron la excavación de la trinchera que defendería su liberación.

A finales del siglo XVIII, cuando miles y miles de kilómetros de América Latina y Norte América y América Central terminaban cinco siglos de colonización ––cinco siglos de culturas y armas y religiones europeas en control de lo imaginable––, menos del 10% de los pobladores del continente, entre indígenas, negros, mestizos y criollos, sabían leer. Se contaban historias, accedían a formas de la imaginación y a manifestaciones del relato, permanentemente, pero no sabían leer, lo que limitaba su acceso, no a las historias sino a la competencia global establecida entre historias.

 

A finales del siglo XX y principios del XXI, luego de doscientos años de vida republicana y un par de décadas de la esperanza democrática cifrada en la Constitución del 91, la vida en Colombia se esfumó en la dictadura del relato del orden público: un 95% o 98% de la población ahora sabía leer, pero no tenía qué leer, porque vivían en la muerte de la imaginación y la muerte de la interlocución política, una muerte del cerebro que era resultado, precisamente, de la dictadura del relato del orden público.

 

Cuando vengas a este mundo, querido lector que no has nacido, es lo que trato de decirte, tu cuerpo ––que será en gran medida tu cerebro–– se te presentará en geografías y deseos muy distintos, e independiente de esas geografías y deseos, necesitará del sentido de trinchera de las mujeres operarias; o de territorios y palabras para la competencia global entre historias; o de la tecnología del verbo para descontrolar lo imaginable y combatir las dictaduras del relato.

 

Necesitarás llevar el fuego dentro.

 

Necesitarás el alfabeto de tu tiempo.

 

Y para agarrarlo con firmeza necesitarás leer.