Cuando era niño pensaba que se iba a caer el mundo porque al mirar al cielo veía el movimiento de las nubes. Toda la zona nororiental era su barrio, le gustaba caminar hasta el edificio del antiguo manicomio departamental, hoy Comfama Aranjuez, en busca de alguna aparición fantasmal. Se bañaba con sus amigos a escondidas en el lago del Bosque de la Independencia (Jardín Botánico) hasta que llegaba “corre vieja” el vigilante, a reprenderlos; otras veces se subían al camión de la basura hasta el botadero (hoy barrio Moravia) para recuperar juguetes dañados e imperfectos que las grandes jugueterías de la época desechaban.

Julio Cesar Gaviria, a sus 65 años le gusta bailar son cubano, usar sombrero y ropa colorida. Nació y creció en el seno de una familia de 8 hijos levantada en el barrio Campo Valdés ubicado en la zona nororiental de Medellín. Su infancia la narra como sucesos fantásticos llenos de aventuras en lugares que, aunque han ido cambiado su nombre y aspecto, son bien conocidos por todos aquellos que hemos tenido la posibilidad de recorrer la ciudad.

Convite comunitario en Medellín – 1992 Foto tomada del archivo fotográfico Escuela de Hábitat – Cehap – Facultad de Arquitectura UN Medellín.

Recuerda que la nororiental se construyó gracias a los convites, mano a mano con los vecinos, cada uno aportando sus conocimientos para levantar las casas, casas que crecían losa a losa a medida que la familia ascendía en número de integrantes. Estos convites permitieron la construcción de otros lugres de valor comunitario como el templo el Calvario, algunos aportaban con mano de obra, otros con donaciones en dinero o especie, como su padre, quien ejercía el oficio de joyero y donó un anillo realizado por él como ofrenda para la construcción de esta iglesia.

“Desde joven hacía muñecos de barro y escribía poesía sin tener novia”, dice Julio, esto lo llevó a interesarse por talleres de escritura y escultura, pero resolvió la “papita” como dibujante técnico. A pesar de que hace algunos años su lugar de residencia no es la zona nororiental, sigue vinculado a organizaciones culturales como “El libro de la esquina” que le permiten seguir recorriendo, habitando y aportando al territorio que lo vio crecer.

En sus ojos se refleja el amor cuando habla de este territorio lleno de lugares mágicos, “desde el Metrocable se puede ver que no hay línea ninguna que separe el barrio, somos hermanos porque estos barrios lo construyeron nuestros padres de manera mancomunada”.