“…Era ese momento donde pensaba en esas voces que tallaron el silencio que hoy cobija este camino, tantas pisadas y tantas huellas diluidas en el tiempo, cruel e infinito receptor de vidas…” recitaba nuestro guía en rimas, como un sinfín de cuentos que su memoria pintaba en frente suyo y pudiera decirlo a nosotros, su audiencia, quienes enfocados en la quejumbrosa travesía que nos esperaba, no apartábamos más la vista sino a donde nuestro resplandor deseaba.

Paso a paso, estructura tras estructura, jugaban los niños como si no pasara nada. Los viejos se reían y con su mirada desdichada, entendían que ni ellos mismos sabían que era lo que este camino significaba. Y más aún, incrédulos y pacientes, fueron ellos, nuestros niños quienes decoraron este viaje, lanzando sus bolas de pantano, escondiéndose y culpando a otros, reían sin parar por aquel viejo destino de muchos y de otros, pero que hoy era nuestro por el deseo conjunto de reconocer un territorio, de re aprender, de re crear, de re vivir, de rescatar en el imaginario, de recordar una vez más un sendero que nos cuenta más y más.

Por aquel camino transitaba yo, una vez más en las montañas de San Sebastián de Palmitas, divagando ante la idea simbólica que enmarca “el camino”. Escuchaba atentamente y revisaba detalles que marcan paradas obligadas ante la historia y los vestigios antropológicos, de una, dos o mil culturas que pisaron hace años, muchos o pocos, estas mismas tierras.

En un absorto e inimaginable lapsus mental, me encontré alejado del grupo, revisando las marcas del tiempo y de la pacha mama sobre una construcción de piedras, mientras recostado quise sacar una foto en perspectiva, recordaba las historias que mis abuelos me contaban, las que otros amigos me contaban que sus abuelos les contaban, y en especial, aquellas que nosotros contábamos.

– ¿Te imaginas como sería una noche en ese tiempo?
– ¿En ese tiempo? ¿Cuál tiempo?
– Pues en ese tiempo, cuando había indios, cuando no había conquista, máquinas, democracia… -Demás que muy fría, por acá en Boquerón y con taparrabo (risas)
– O más adelante pues, cuando pasaban tanta mercancía, cuando sólo era montañas y caminos que las atraviesan así, sin carreteras, sin celulares, sin carros, a punta de mula y arriando hasta las energías propias.
– Yo creo que no había mucho para hacer, después de esas caminatas hermano, si nosotros no llevamos nada y vamos cansados, imagínese esa gente.
– Parce sí, imagínate que podría hacer uno cada noche antes de dormir. Comer y ya. O ¿qué pensaría uno en esa época?
– Nada, los indios en continuar y los arrieros también. Mejor dicho, en nada.
– Sabes que sí hay algo.
– ¿Qué?
– Soñar.
– ¿Soñar? ¿despiertos?
– ¡Sí!
– Yo no creo, y ¿para qué?
– Para vivir, para creer que siempre hay algo más, algo que te impulsa.
– Pues sí, nosotros estamos haciendo eso en este momento, estamos soñando con el pasado.
– Imaginando el pasado. Será que ellos ¿Imaginaban el futuro?
-No creo, ellos vivían.
– Nosotros también.
– A veces no.

El olor de la naturaleza regocija tus sentidos, despertando un amor casi fraterno hacia todo lo que te daba el camino. Podrías escribir un libro con tantas tonalidades, podrías componer con tantos sonidos, podrías sonreír con tanta vida, ¿podrías?

La mitad del recorrido (definido) es marcada por un rastro del desarrollo, un contraste ambiguo entre vías y enlaces que juegan un papel fundamental en el corregimiento, pero que manchan y marcan cicatrices de la ignorancia manipulada al interés particular. No importa, estábamos era para disfrutar este camino, y lo hicimos.

Por aquel camino, las aves deleitan los pasajeros mundos llenos de “cosas”, y hacen olvidar todo aquello que encadena, que ata, te detienes y respiras y a través de cualquier árbol puedes tratar de ver el sol, mientras la quebrada danza al compás de aquellos silbidos, cantos a la vida que siempre han estado y siempre estarán.

Mientras debatimos y escuchamos las sonoras palabras de nuestros guías, recordé bajo un gran árbol aquel mensaje del maestro Portabales, que llegó a mi mente en semejante escena con niños, jóvenes y adultos en un vaivén de reflexiones sobre éxito, felicidad y vida, concretando que aprender es la mayor experiencia de la vida, y por esto llegaba a mi mente su canción que con júbilo entona “Por el camino del sitio mío, un carretero alegre paso… en su tonada que es muy guajira y muy sentida alegre cantó…”.

Tantas generaciones conviviendo entre ideales, sueños y pasajeras cosas que llegaban a nuestras cabezas, con cada paso que dábamos, con cada suspiro, con cada momento entre este camino. Así, entre las sudorosas voces de aliento de algunos, respiraba el atardecer mágico de estas montañas, que marcaban nuestra llegada a aquel destino, que avisaba a otros vientos que pasaran. Por aquel camino, vivimos y contamos quienes somos, porque por aquel camino pasamos todos.

Sergio Cardona Ospina

Recorrido Camino del Virrey

 

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