Las lavanderas y la Quebrada La Mina

Por: Ricardo Carvajal

 

Lavanderas década del 40 –  Propiedad: Biblioteca Pública Piloto

 

–Este texto hace parte de “Digitalizando el pasado”, un ejercicio de  recuperación de la memoria local de la comuna 12 que desarrolla la Biblioteca La Floresta con sus usuarios–

 

De las 352 quebradas que en forma directa o indirecta desembocan al río Medellín, ninguna ha sido tan mal recompensada como “La Mina”, a pesar de que ninguna otra ha prestado mejor servicio a los habitantes de sus riberas.

Con apenas un kilómetro de extensión desde su nacimiento en la parte alta de El Coco denominada La Conejera, hasta su desembocadura en la quebrada La Pelahueso (que sus habitantes llamaban simplemente La Quebradita) en la parte trasera de las Escuelas Pías de Calasanz, La Mina tuvo profundas repercusiones en la vida de los habitantes de El Coco, La Floresta y Calasanz.

Dicen los habitantes del sector que en otra época se extrajo oro de aquella quebrada y que por eso la llamaron así.

El sector de El Coco fue poblado desde principios del siglo XIX por gente humilde en su gran mayoría, provenientes de las distintas regiones de Antioquia. Algunos venían de la región minera de Segovia, y cuentan que en dicha región existió un caserío similar llamado El Coco, en el cual habitaban algunos mineros que luego se trasladaron a Medellín. Cuenta Rocío Montoya, habitante del sector, que en una fiesta que se realizaba en la finca de Pepe Estrada, en medio de los tragos el señor Jesús Jaramillo al ver el parecido de los dos caseríos gritó: “viva El Coco y la Virgen del Carmen”. Desde ese momento quedó bautizado el sector con tan sonoro nombre, aunque otros dicen que el nombre se debió a la cantidad de palmeras que había allí.

En aquella época no existía en el sector acueducto de agua potable ni alcantarillado, por lo que sus habitantes consumían el agua de la quebrada La Mina, no solo para beber y preparar sus alimentos, sino que además se sirvieron de ella para derivar su sustento. En efecto, algunos hombres se dedicaron a sacar arena y piedra para vender o para construir sus viviendas mientras que muchas mujeres se dedicaron a lavar ropa, tanto propia como ajena, cobrando a cinco centavos la docena de prendas, con planchada incluida, la cual hacían en sus casas con planchas calentadas en una rudimentaria hornilla de carbón ya que tampoco había llegado la luz eléctrica.

La naturaleza en su sabiduría repartió las piedras aptas para lavar ropa en 5 puertos de trabajo a lo largo de la quebrada, como si quisiera que ninguna  lavandera quedara lejos de su casa, de tal manera que cada doscientos metros aproximadamente se apreciaban grupos de cinco y seis lavanderas sumergidas hasta las rodillas y golpeando las prendas contra las piedras, todas con su vestido remangado y un tabaco en la boca para espantar los mosquitos y el hambre, ya que la gran mayoría salía para su trabajo apenas con una taza de aguapanela y un pedazo de arepa, dejando a sus hijos en idénticas condiciones.

El primer puerto de trabajo estaba ubicado en La Conejera, muy cerca del nacimiento de la quebrada; a doscientos metros de su nacimiento, estaba el segundo puerto llamado propiamente La Mina por haber sido el primero que existió. Desde los años 20 lavaron ropa en sus aguas cristalinas todos los habitantes de El Coco.

Era tanta la dedicación y responsabilidad de las lavanderas que aún en estado avanzado de embarazo acudían a su puesto de trabajo. Se supo de más de una que sólo abandonaba la quebrada unos minutos antes de parir.  Corrían a su casa y en un abrir y cerrar de ojos daban a  luz sus hijos a manos de Marceliana (Chanita) que era la partera del barrio, para reincorporarse a sus labores unas horas después.

El tercer puerto de lavado  estaba ubicado frente a la casa de Chucho Ossa. El cuarto puerto era el de Herminia y había un quinto puerto de trabajo que era el más grande y quedaba justo en la desembocadura de La Mina sobre La Pelahueso. Cien metros más adelante se junta con la quebrada La Hueso en lo que hoy se conoce como “el Parque del Amor”. En dicho puerto, al igual que en los demás lavaban con jabón extraído de un árbol de chumbimbas que había cerca, otro humilde grupo de lavanderas.

Los clientes de las lavanderas estaban ubicados en los sectores de El Estadio, La Floresta, y La América. El día sábado o el domingo, las mismas lavanderas, recogían los bultos de ropa sucia debidamente inventariada para que no se confundiera con la de otros clientes; generalmente lavaban los lunes y los martes, mientras que el planchado se hacía durante miércoles y jueves y el día viernes se dedicaban a entregar en las diferentes casas. Con el dinero recogido se dirigían a las tiendas a comprar algo de mercado para poder soportar la siguiente semana.

Inés Maya y su hermana Graciela, surtían de  tabaco a las lavanderas; bajaban semanalmente al Pedrero, o Plaza de Mercado de Cisneros donde compraban las hojas de tabaco para armar los cigarros que luego vendían a las alegres lavanderas, quienes a pesar de sus necesidades,  entonaban sin falta, las canciones de la época que el oyente desprevenido adivinaba sólo por su melodía, ya que era difícil entender la letra que cantaban mientras seguían mascullando su tabaco.

Para mitigar el hambre y para no tener que abandonar el trabajo, las lavanderas se turnaban para cocinar al lado de la quebrada en un improvisado fogón de leña. Cada una traía de su casa algo para echar a la olla que al hervir dejaba escapar ese inigualable olor del sancocho en leña, único capaz de hacer suspender el trabajo por unos minutos. Las madres lactantes que habían dejado sus recién nacidos en un cambuche al lado de la quebrada, aprovechaban para amamantarlos y para comer ellas. Luego de unos minutos nuevamente se sumergían en el agua hasta que el sol les decía que debían volver a casa.

Agotadas, con la cintura casi reventada de lavar y con sus piernas y manos arrugadas de soportar un día de humedad, recogían la ropa que habían extendido en las mangas para que se secara y se dirigían a sus casas donde no las esperaba el descanso sino la segunda jornada, más dura y sin remuneración, pues, debían preparar los alimentos para sus hijos y su esposo, además de los otros oficios propios de una casa. La jornada en muchos casos era rematada debajo de las cobijas donde, en silencio, debían cumplirle a un esposo poseído por las calenturas del alcohol.

Al día siguiente de nuevo las lavanderas se dirigían a sus puestos de trabajo donde sumergían sus penas mientras golpeaban la ropa contra las piedras para sacarles la mugre y para hacer catarsis, que era la única manera de protestar contra su amargo destino. Muchas llevaban a sus hijos para que se bañaran en los charcos que formaba la quebrada y para que comieran del sancocho comunitario que con esmero preparaba la cocinera designada para el día.

La vida era sencilla y dura. Carecían de casi todo y los matorrales cercanos son fieles testigos de que las lavanderas no disponían siquiera de un baño para mitigar los afanes del sancocho.

Con la llegada del acueducto  a mediados de los años sesenta, la actividad fue decreciendo: las invasiones de nuevos pobladores sobre todo en las riberas de la quebrada, hizo que se fueran construyendo improvisados muros de contención  y rústicas viviendas. Las aguas negras de las casas se fueron depositando en la Mina hasta convertirla en una verdadera cloaca donde ya era imposible lavar y la quebrada La Mina, pasó de ser un manantial de vida a un basurero y un vertedero de desechos humanos. Luego se fueron construyendo más y más viviendas y calles pavimentadas, lo que obligó a  “entamborar”  la quebrada.

Hoy la línea B del Metro , pasa por encima del lugar donde La Mina desemboca en La Hueso sin sospechar que bajo sus rieles, en ese  hilo de aguas fétidas, alguna vez corrió todo un manantial de vida y trabajo honrado de las más alegres lavanderas que conozca Medellín.