Hipódromo La Floresta

Por: Ricardo Carvajal

 

 

 

Hipódromo La Floresta, década del 40 – Propiedad: Ricardo Olano

–Este texto hace parte de “Digitalizando el pasado”, un ejercicio de  recuperación de la memoria local de la comuna 12 que desarrolla la Biblioteca La Floresta con sus usuarios–

 

Mucha gente en Medellín se confunde y habla indistintamente del Hipódromo de La Floresta, del      “Estadio Los Libertadores” y del “Hipódromo San Fernando” como si fueran la misma cosa, cuando en realidad se trata de tres escenarios diferentes, aunque en los tres se realizaban carreras de caballos y partidos de fútbol. Y tal confusión se debe en primer lugar a que el Hipódromo de La Floresta quedaba en el barrio San Fernando, hoy llamado Calasanz, mientras que el Hipódromo San Fernando quedaba precisamente en el barrio del mismo nombre en Itagüí, justo donde hoy está la Central Mayorista. En cuanto estadio “Los Libertadores”,  quedaba en lo que hoy es el barrio San Joaquín, pero en él también se hacían carreras de caballos y la confusión se acentúa más si tenemos en cuenta que los jinetes que corrían en los tres escenarios, eran casi siempre los mismos; por eso mucha gente cuando narra algún evento, lo pinta en un escenario cuando realmente ocurrió en otro. Otro hecho que aumenta la confusión fue la motivación del cierre definitivo de dos de ellos: el Hipódromo de La Floresta fue cerrado en 1945, luego de los desmanes producidos por una supuesta trampa para que perdiera un caballo; mientras que el estadio “Los Libertadores” fue clausurado luego de los desórdenes generados por la cancelación de un partido de fútbol en 1944 y que dejó un saldo de 4 muertos y múltiples heridos.

 

La historia del Hipódromo de La Floresta comienza cuando en 1938 el señor Luis Jaramillo Sierra, dueño de la hacienda La Floresta, que comprendía en realidad gran parte de La América, y Robledo, en un gesto de desprendimiento o tal vez con su visión de negociante, le cedió a la Junta Municipal de Caminos de Medellín, una franja de terreno desde la calle San Juan hasta Robledo, para que construyeran la carrera 80. El Municipio de Medellín ya adelantaba la construcción de la calle Colombia, por lo que la zona comenzaba a tomar otra forma, pues en el sector de Otrabanda (banda occidental del río Medellín) había muy pocas casas en esa época, pero podía distinguirse la que llamaban “Zona de Tolerancia Palmitas” entre lo que hoy es la carrera 70 y el Éxito de Colombia. Con las dos avenidas (la 80 y Colombia) el desarrollo de la zona estaba asegurado, así que el mismo señor Jaramillo Sierra comenzó la construcción del Hipódromo de La Floresta en 1939, en el terreno que hoy ocupa el Colegio Calasanz, y que también era suyo. Luego se lo vendió a la compañía “Hipódromo La Floresta Ltda.” cuyos socios principales eran los señores Jorge Luis Arango, Jorge Saldarriaga, Luis C. Ochoa, Cristóbal Isaza, Antonio Sierra, Arturo Pérez, Paulino Londoño y la señora Tití Sierra de Soto, por la suma de $75.000. Eran en total 39 cuadras.

 

El hipódromo contaba con una pista de 1.600 metros de largo por 16 de ancho y estaba dotado con una tribuna para espectadores y otra más exclusiva o VIP, llamada Club Hípico. Tenía además 90 pesebreras.

 

El domingo 22 de febrero de 1942 se inauguró con una reunión hípica en la que participaron 64 caballos. Además, estuvo amenizada por una de las grandes orquestas de la ciudad y contó con la asistencia de las principales personalidades de Medellín invitadas por su gerente el Dr. Luis Guillermo Echeverri.

 

En Itagüí, donde hoy funciona la Central Mayorista, también fue inaugurado por la misma fecha, el Hipódromo San Fernando, que recogía los apostadores del Poblado y el sur del Valle de Aburrá. Las reuniones dominicales siempre fueron un espectáculo al cual asistían apostadores de todas partes y gente de la ciudad que simplemente iba a divertirse con las carreras que eran bien emocionantes. En este hipódromo también se celebraban partidos de fútbol, ya que la ciudad no contaba con un estadio apropiado hasta 1953 en que fue inaugurado el Atanasio Girardot.

En la víspera de la reunión hípica en el Hipódromo de La Floresta, los jinetes o jockeys, solían reunirse en el “Bar Popular” donde planeaban bien las carreras de tal modo que al día siguiente resultaran ganadores ciertos caballos sobre los cuales ya se habían puesto de acuerdo con algunos apostadores para que no se dieran sorpresas o “palos”. Cuentan los vecinos de esa época que muchas carreras se ganaban desde el sábado en “El Popular” pero la gente igual acudía a apostar al hipódromo el domingo. Luego de la reunión, los apostadores y toda la gente del medio, volvían a “El Popular” a emborracharse y a cobrar el producto de sus dudosos aciertos. Algunos jinetes o      jockeys fueron: El negro Piña y “Benitín” Pulgarín, famoso por los pandequesos que hacía la familia. Uno de los apostadores más famosos en el hipódromo era Hugo Acevedo; él recogía apuestas, pasaba datos que conseguía con los  jockeys y manejaba la información para generar juego y por ende dinero. La gente confiaba en él, a falta de una revista con verdadera información de la disciplina.

El “Café Oasis” de Julio Tabares, ubicado en La Floresta, también se especializó en la materia, pero a éste sólo acudían los liberales, mientras que los conservadores continuaban reuniéndose en “El Popular” y en los billares de La América. No fueron pocas las peleas que se desataron entre los asistentes de “El Popular” y los del “Café Oasis” por motivaciones políticas, ya que desde esa época el político Laureano Gómez se había propuesto “hacer invivible la República” y en su afán por derrocar al gobierno de Alfonso López P. propició el nacimiento de las primeras bandas criminales que tanto azotaron los campos de Colombia, sembrándola de una violencia absurda que se recrudeció con el posterior asesinato del líder Jorge Eliecer Gaitán.

El Hipódromo la Floresta cerró sus puertas el 7 de agosto de 1945, luego de los destrozos provocados por la afición al verse engañada en la séptima carrera en la que era favorito el caballo “Cordonazo” montado por Julio Rodríguez. Inexplicablemente el caballo se retrasó y perdió la carrera, lo que provocó la ira de los asistentes que pedían anulación de la carrera.

Pero la fiebre por las carreras de caballos duró muchos años más, al punto que se institucionalizaron apuestas en los demás hipódromos como el de techo en Bogotá, (abierto en 1954) las cuales eran transmitidas en un principio por la radio y luego por TV siendo el narrador más escuchado, el chileno Gonzalo Amor.

El juego de apuestas más popular a nivel nacional era el “5 y 6”, que se vendía en algunas tiendas de barrio como “El Timón” en La Floresta. Allí llegaban los vecinos a sellar su formulario, con lo cual formalizaban su apuesta para el domingo siguiente, eligiendo los que, a su criterio, serían los caballos ganadores en cada una de las seis carreras que se realizaban. Había un gran premio para quien acertaban los seis caballos, pero también lo había para quienes lo hacían hasta con cinco y cuatro caballos.

Otro juego de apuestas muy común entre la gente era el de las “quinielas”. El domingo, en muchas cantinas y heladerías de la ciudad se improvisaban puestos para vender “quinielas”, o apuestas de tipo informal o ilegal. Básicamente consistía en que los apostadores, escogían al caballo de su preferencia antes de cada carrera y lo registraban en pequeños talonarios al estilo del “chance”, minutos antes se cerraban las apuestas y los asistentes la escuchaban por la radio mientras bebían trago. Los ganadores cobraban al instante, pero igual, el dinero ganado casi siempre terminaba apostado en la competencia siguiente, o consumido en generosas dosis de licor compartido por todos los asistentes.

Los habitantes de Medellín en su mayoría procedentes de los pueblos de Antioquia conservaban ese gusto ancestral hacia todo lo que tuviera que ver con los caballos y por eso era común ver a muchos el domingo recorriendo las cantinas montando sus bestias, tomando aguardiente y apostando quinielas. Luego, borrachos, terminaban apostando peligrosas carreras por las calles de la ciudad al estilo de los mejores jinetes, pero generando pánico entre los vecinos y en ocasiones accidentes que costaron la vida, tanto de los improvisados jockeys como de los caballos y hasta de algunos peatones.