Cuando se desapareció de mi biblioteca el primer tomo del Quijote sentí impotencia y mucha rabia. Desde la última vez que lo vi no me había visitado ningún amigo antojado que pudiera sacarlo y a los días me consolé pensando que el hidalgo caballero se había largado porque lo desmerecía por completo. Borges dijo que no se escogen los libros que se leen: ellos lo escogen a uno y también eligen permanecer o marcharse. Por eso cuando una amiga me regaló otro Don Quijote, para reponer la pérdida, le di picos al libro, lo abracé y lo repasé llenándolo de banderitas de colores para que no le quedara duda de mi devoción y cariño. Me da tanta desconfianza ese Quijote que lo mejor es releerlo completo, no por partes, y nunca prestarlo, porque por un lado este Quijote podría ofenderse y por otro porque hay libros que no se prestan Por eso Roberto Bolaño se enojó con Rodrigo Fresán cuando este le pidió uno de Stendhal. «Rodrigo, Stendhal no se presta —le soltó Bolaño impaciente—, no se presta».

Así como hay libros que no se prestan, los hay que tampoco se devuelven. La gente del Abismo es de mi amigo Andrés Aramburo, Llamadas telefónicas es de Guille Quintero, y a Carlos, el vecino, nunca le devolví Los desnudos y los muertos. La primera vez que leímos el libro de Mailer fue en una versión de la biblioteca de la Universidad Eafit, hace diez años. La tarde que lo compró fue a dar con unas cervezas a mi sala, no lo había desempacado y así se quedó: en mi biblioteca, empacadito en la bolsita plástica transparente y bien guardadito como muchos otros que no desempaco. Normal. La confianza con Carlos es de ese tamaño. El hombre se quedó con mi biblioteca Andrés Caicedo y cuando me da por volver a leer al caleño tengo que decirle que me preste alguno de los libros que me tiene guardado. Y luego tengo que devolvérselo. Carlos se demoró diez años para comprar su libro y se vio obligado a dejármelo. Y no es que yo se lo haya robado. Sabe que es suyo, aunque esté terminante prohibido sacarlo de mi casa.

Volvamos con los libros empacados. Cuando mi mamá los descubrió se quejó: «Es un desperdicio», dijo. Además, porque vio cuatro veces el mismo tomo de Estrella distante, Los detectives salvajes, Tres tristes tigres y La sombra del viento. Mónica me pidió que hablara de un libro. De uno solo. Pero es imposible por-que con ellos se hacen votos de libertina-je. Se aman tres o cuatro libros a la vez y se muda de un amor a otro sin pudor ni vergüenza. A los libros se les jura amor eterno, pero hasta el próximo fin de semana. Y lo mejor nos alcahuetean el cangrejo, esa manía entre espantosa y plácida de volver a meterse con un ex. La literatura y sus relaciones promiscuas. El libro amado nos traiciona, nos miente, nos abandona, nos deja vueltos mierda. Y al tiempo lo perdonamos y volvemos a amarlo, y lo juntamos con los tres o cuatro que tenemos en el corazón hasta que llegue otro que nos robe el cuidado y el cariño. Creo que era Héctor Abad Faciolince quien decía que en el amor se podría llegar a ser fiel, en literatura nunca.

 

Por: Andrés Delgado, gestor de fomento a la lectura – Biblioteca La Floresta

Tomado de: suplemento literario dominical – Periódico El Colombiano