La extraña historia de «La lesbiana, el oso y el ponqué»

“La ciencia ficción, a través de las distopías, o de elementos distópicos, nos deja imaginar escenarios posibles que buscan convertirse en una respuesta a las necesidades del mundo. En este caso específico, a la necesidad de transformar el sistema social heteropatriarcal.”

Andrea Salgado

Imagen vía: www.elpais.com.co

«¿El libro se nos cae de las manos? Que se caiga», autoriza Daniel Pennac en defensa del «derecho a no terminar un libro», ejercido por los lectores en esta ocasión a causa de algunas de las seis mil razones que Daniel no enumera. «Una historia que no nos engancha» y «un estilo que nos pone los pelos de punta», podrían ser dos de aquellas.

«Sin embargo, entre todas las razones que tenemos para abandonar una lectura -continúa Daniel-, hay una que merece cierta reflexión: el vago sentimiento de una derrota. He abierto, he leído, y no he tardado en sentirme sumergido por algo que notaba más fuerte que yo. He concentrado mis neuronas, me he peleado con el texto, pero imposible, por más que tenga la sensación de que lo que está escrito allí merece ser leído, no entiendo nada —o tan poco que es igual a nada—, noto una «extrañeza» que me resulta impenetrable.»

Esa extrañeza propia de la ciencia ficción contemporánea, más cuando estamos acostumbrados a la lectura de novelas tradicionales, choca con nuestras expectativas. Es, evidentemente, un cambio disruptivo al que cuesta un poco adaptarse pero que también es válido y necesario experimentar porque no todos los libros nos tienen que gustar.

Es necesario entender que estamos en un momento histórico en el que hay que preguntarse cómo escribir la ciencia ficción del futuro si los futuros de la ciencia ficción escritos ya son nuestro pasado. Eso implica romper con las formas tradicionales. Esto no quiere decir que todo lo que nos ponen en la vitrina de la librería es lo bueno, lo mejor, lo que hay que leer.

Lo que sí hay que tener presente es que el momento histórico de hoy amerita hablar sobre orientación sexual y lo tiene que hacer necesariamente bebiendo de sus antecesores, pero también rompiendo con lo hegemónico. Por tal razón, la cuestión central ha de ser preguntarse:

¿Esa literatura nueva que se está escribiendo y se está consumiendo en verdad tiene riqueza narrativa, literaria, estética o simplemente está sirviendo como instrumento de manipulación del mercado del libro?

La lesbiana, el oso y el ponqué es un libro que enrarece el lenguaje. Desde el principio nos descontrola. Se torna denso, loco, intertextual. Introduciéndonos en unos juegos estéticos que complejizan la relación máquina-ser humano en el metaverso. Tal vez la invitación de la autora sea a que miremos el libro como si nos pusiéramos unos lentes de realidad virtual y nos sumergiéramos para ver adónde nos va a llevar eso que estamos viviendo.

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