Internet en casa

A partir del 19 de marzo me encuentro en aislamiento preventivo obligatorio decretado por el gobierno, para esa fecha ya mi esposa se encontraba en casa y con teletrabajo, pues el sector educativo por evidentes razones fue de los primeros en entrar en confinamiento. A partir de ese momento nuestra cotidianidad dio un giro de 180 grados, pasamos de una convivencia de 10 horas a una permanente nos invadieron sentimientos, emociones y expectativas frente a este nuevo modelo de vida.

El trabajo que ambos realizamos implica un contacto permanente con las personas, ella con niños y adolescentes, yo con públicos diversos; es en este sentido en el que hemos experimentado mayores cambios, con interacciones a las que no estábamos habituados. Pasamos del abrazo, el estrechón de manos y la mirada directa al encuentro extraño a través de la pantalla.

Se nos han presentado algunos inconvenientes en relación al ejercicio de convertir esa cotidianidad de pareja en un acompañamiento laboral mutuo, se hizo necesario acceder a herramientas de trabajo, relacionadas con nuestros roles como docente y servidor público, responsable en el trabajo de la animación a la lectura. El hecho de convertir nuestra casa en sitio de trabajo nos enfrentó a la necesidad de hacer acuerdos para que lo laboral y la virtualidad no eclipsaran el hogar y la familia; a pesar de esforzarnos por esto, la interacción a través de todas las herramientas que ofrece la internet ha terminado absorbiendo gran parte de nuestro tiempo y dejándonos una extraña sensación de haber caído en las garras de las multiplataformas diseñadas para hacernos más eficientes en nuestro trabajo.

Hace ya bastantes días que no vemos a los seres más queridos; el internet, las redes sociales, han servido para estar en contacto con ellos, desde luego, pero verlos a través de una plataforma, es como tener un vidrio blindado de un calibre que se llama distancia.

Intentamos reinventarnos para que lo que hacemos llegue a nuestro público y se puedan continuar los procesos de aprendizaje y formación lectora, pero no dejamos de pensar y anhelar una sociedad más justa pues son muchos los niños, jóvenes e incluso adultos excluidos por no contar con dispositivos tecnológicos y conectividad, negándoseles el derecho a la información, aunque esto no es extraño en un país como el nuestro donde se vulneran permanentemente los derechos básicos como la salud y la educación.

Muchos dicen que estos cambios llegaron para quedarse, que la virtualidad ofrece posibilidades para mejorar la calidad de vida, pero me pregunto hasta dónde éstas formas de interacción nos permitirán una manera más humana, sana y equilibrada de habitar el mundo.

¿Quién escribe este texto?

Álvaro Ruiz

Gestor de lectura

Biblioteca Pública Altavista