La novela

Recorrí  las estanterías de la biblioteca- por la sección de literatura- buscando un título que me llamara la atención. Hace días sentía la necesidad de leer algo que me sacudiera, que me golpeara la cabeza, que me rasgara las entrañas, una historia que se quedara conmigo el resto de la vida.

Mirando las opciones me detuve en una: “Viaje al interior de una gota de sangre” de Daniel Ferreira, editorial Alfaguara. Un título extraño, un autor desconocido por mí y una editorial prestigiosa. Lo tomé en mis manos y leí la contraportada: un relato de ficción sobre una masacre paramilitar durante el conflicto armado en Colombia. Vacilé un momento, dudé si esa sacudida que estaba buscando quería que llegara desde la Colombia rural golpeada por la injusticia de la guerra. Recordé que he leído en varias ocasiones que a veces los libros son los que lo eligen a uno. “Algo tendrá para mí”, pensé y me lo llevé a casa.

El libro cuenta que en un pequeño caserío cercano a un río se celebran las fiestas locales con música, fritanga y elección de reina, o reinita, porque ninguna de las candidatas llega a los 18 años de edad. Describe una plaza amplia donde coinciden un gordo bonachón, un contrabandista lujurioso, una señora tosca que vende comida callejera, unas adolescentes rebeldes y carnales, unas niñas formadas para venderse al mejor oferente y renovar su condición social, un cura muy querido por los feligreses, un pastor que grita con todas sus fuerzas los tormentos que se avecinan para quienes no sigan las leyes divinas, unos niños inocentes que juegan con un perro callejero, un loco del pueblo… y unos encapuchados que aparecieron para aterrorizar a la población.

 

En la escena, los encapuchados entran al pueblo en camionetas, con un listado que contiene los nombres de las personas que van a exterminar, pero disparan ráfagas de balas que impactan a otros y otras que no aparecían en la lista. Escriben en las paredes con aerosoles que lo que pasó en ese pueblo se llama “justicia”, y que quien se declare comunista y amigo de los guerrilleros pronto tendrá descanso eterno. Ni siquiera los perros se salvan de las balas, por bullosos, por ladrar tanto, justifican los encapuchados.

El primer capítulo fue la antesala a la tristeza profunda. Sentí miedo, consternación por los personajes que corrían, se escondían, lloraban, llamaban a sus familiares.  Me preguntaba quién habría detrás de las capuchas monstruosas e inclementes. Recorría las líneas con espanto, esperando con precaución descripciones turbulentas y crueles de la matanza. Pero Daniel, el autor, es sumamente cuidadoso. Describe tal horror con delicadeza profesional y respetuosa del padecimiento de las víctimas. Realmente te lleva en un viaje por el dolor, la zozobra, la desesperanza, la desolación, para que los que no hemos vivido la crudeza de la guerra, al menos nos la imaginemos.

Los siguientes capítulos son narraciones en primera persona de habitantes de este pueblito que puede ser cualquiera de los que sufrió tales ataques en la década de los 90, principalmente. Un niño, un profesor, una adolescente, que se encontraron con la muerte de forma sorpresiva, injusta, temprana. Algunos desde el otro mundo cuentan en detalle lo que hicieron en sus últimas horas de vida, lo que vieron sus ojos, sintieron sus cuerpos, anhelaron sus almas. Los que no murieron, narran el episodio dándome a entender que haber sobrevivido a esa tarde atroz, cuando los encapuchados llegaron, es también una forma de fallecimiento.

Pude verme reflejada en los personajes; si era el niño el que narraba, recordaba mi niñez en un pueblito al suroeste antioqueño que fue controlado por grupos paramilitares cuando yo vivía allí, pero mis jugueteos callejeros con amigos de escuela y el desentendimiento propio de la niñez me mantuvieron alejada de las historias de los desaparecidos y muertos del pueblo. Si era la adolescente la que narraba, entonces podía verme a mis 15 años con tantas preguntas y sin saber cómo responderlas. Acompañé a esta chica en todo el relato con la angustia de quien reconoce lo indefenso que se está cuando se es adolescente y mujer, afligida anticipadamente por saber que no iba a terminar bien, y que el dolor que ella sentía por la pérdida de su padre a manos de hombres armados tres años antes en la historia, solo acabaría con su muerte unos párrafos más adelante.

Este libro se queda conmigo el resto de la vida porque me adentró en el dolor de la guerra desde la posición cómoda de quien no pierde un familiar o sufre la tortura en carne propia. Extendió mi sensibilidad y me obligó durante y después de su lectura a reflexionar sobre el desafío complejo de la paz en Colombia. Es una historia de ficción escrita con compasión, para quien quiera adentrarse en los pensamientos de personas comunes a las que un día el conflicto les arrebató todo.

 

Contexto: El fenómeno del paramilitarismo en Colombia

 

El paramilitarismo en Colombia nació en los años 60 durante el gobierno de Guillermo León Valencia, que legalizó la creación de ejércitos privados con la justificación de que dichos ejércitos  protegerían de posibles robos, las tierras y animales de los ganaderos y hacendados. Una vez legalizados, estos grupos armados fueron entrenados por los militares del Estado Colombiano. En los años 80 el paramilitarismo se fortaleció por medio de alianzas con los narcotraficantes de la época en Medellín y Cali principalmente. A finales de los 80, los alcaldes y gobernadores eran elegidos desde la Presidencia de la República, pero esto cambió y comenzaron a elegirse por voto popular, lo que representó un riesgo para la clase política porque podían perder las alcaldías y gobernaciones. Esta clase política buscó a los paramilitares y a los narcotraficantes para asesinar a la competencia política, eso se conoció como la Estrategia de la Guerra Sucia. En los años 90, cuando el mundo estaba en plena Guerra Fría y la lucha contra el comunismo, el antiguo DAS se articuló con los grupos paramilitares para exterminar a líderes sindicales, políticos de oposición y periodistas, tachándolos de militantes de izquierda.

A finales de los años 90, el paramilitarismo contaba con el apoyo del ejército nacional, los ganaderos y grandes propietarios de tierras, la clase política y los narcotraficantes. Nacen las Autodefensas Unidas de Colombia –AUC-  y comienzan las grandes ofensivas paramilitares: más de 8 millones de desplazados, descuartizamientos, empalamientos, decapitaciones, quema de pueblos enteros, violaciones a mujeres. La violencia indiscriminada contra la población causó homogenización política, porque a través del miedo causado por las masacres, los paramilitares manipularon a las poblaciones en las elecciones locales para garantizar a la clase política que los ganadores serían sus candidatos, y así mantener el control político de siempre. Estas alianzas para las elecciones locales, dieron origen a la llamada “Parapolítica”.

Los grupos paramilitares nunca han dependido económicamente del Estado, sino que crearon una “Economía de guerra” basada principalmente en el narcotráfico, que les permitió ser independientes del Estado. Entonces, ¿por qué terminaron aliándose con la clase política? Buscaban legalizar el despojo de tierras producto del desplazamiento forzado: 6 millones de hectáreas fueron robadas a los campesinos y ese despojo quedó en manos de los grandes terratenientes. Hoy, la división de posturas frente al Acuerdo de Paz de la Habana y la Justicia Transicional se relaciona con que, de aplicarse los acuerdos y de hacerse justicia, los grandes propietarios de la tierra se verían obligados a devolver todas las hectáreas robadas a los más pobres y víctimas de la violencia.

Pero el desarrollo paramilitar no termina aquí. Cuando se da la desmovilización paramilitar a principio del 2000, muchos miembros de estos grupos con cierto poder se rearmaron y nacieron los grupos armados organizados, conocidos como Bacrim: mercenarios que asesinan a sueldo. Estas bandas criminales tienen unas características muy particulares que no vienen al caso respecto al contexto de la novela “Viaje al interior de una gota de sangre”, pero son la compleja y sangrienta herencia del fenómeno paramilitar en nuestro país.

 

Sobre el autor

 

Daniel Ferreira tiene 38 años, nació en Santander y ha escrito tres libros, todos merecedores de premios internacionales. Su obra literaria está marcada por la violencia en Colombia, pues creció en un territorio rural que resistió la guerra absurda. Es disciplinado y la única distracción que se permite, lo único que le quita tiempo para escribir, es el amor.

 

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Referencias

¿Quién recomienda este libro?

 

Maria Pía González

Mediadora social y cultural de la Biblioteca Pública Altavista