Una forma de extravío | José Ardila [Letras abiertas]

Tengo la idea para un cuento que no he sido capaz de escribir.

En el cuento, imagino, una mujer va cada tanto a la biblioteca de su pueblo y le pide a la bibliotecaria que le recete un libro según su estado de ánimo. Pero como no sé todavía qué libro sería el adecuado para lidiar con la tristeza, por ejemplo, o con la rabia, o qué lectura es mejor para permanecer con los pies en la tierra cuando se está demasiado alegre, no he podido escribir una sola línea de mi cuento.

Contrario al lugar común, la lectura no necesariamente nos hace más felices. Ni más inteligentes. Ni más sensibles hacia el mundo. La felicidad tiene rutas más directas que leer: salir con los amigos, comer con los abuelos, viajar al campo… A veces, incluso, cuando la depresión es más oscura, conviene no leer un libro feliz y luminoso sino un drama estilizado como Madame Bovary o una tragedia arquetípica como Edipo rey, porque, aunque con toda seguridad la depresión permanecerá intacta después de la lectura, quizás habremos avanzado un paso más en el complejo proceso de entendernos.

Y digo quizás porque lo más probable es que esté muy equivocado: La lectura puede servir para comprender, desde luego, pero también, y sobre todo, es una bella forma de extravío. Y tener la libertad de extraviarse en este mundo pródigo de certezas es, creo, el mejor motivo para leer. Pero es mi motivo, en todo caso.

He imaginado algo más para mi cuento. La mujer se encuentra un día con un letrero puesto por la Alcaldía en la parte más visible de la biblioteca: “Advertencia –dice–: los profesionales de este establecimiento no están legalmente habilitados para recetar libros”. Y la mujer, habituada a llegar a los libros por las recomendaciones de otra, se ve obligada de pronto a hacerlo por intuición o por azar. Esta situación, ni mejor ni peor que la anterior, tampoco la hará más triste o más feliz, pero le permitirá extraviarse de una forma diferente.

Y creo que ahí está buena parte de la gracia.