Un libro y un pan se comen igual

Reseña del libro “Cuentos judíos” de Isaac Bashevis Singer

El único libro que yo he deseado robarme con todas mis ganas ha sido uno de Isaac Bashevis Singer. Al escritor polaco lo conocí gracias a un bibliotecario que iba hablando de libros por ahí como si fueran vecinos suyos muy interesantes, y quienes lo escuchábamos lo único que queríamos era saber más de todo lo que él mencionaba. Así me llevé una noche a casa “Cuentos judíos” y, si mal no recuerdo, esa noche no pude dormir. Cada historia era más asombrosa que la anterior. El primer cuento me pareció extraordinario: “El concejo de Chelm y la llave de Genendel”. Pensé que nunca más iba a poder leer una historia tan fascinante y tan sincera, la cual, a pesar de haber sido escrita hacía muchos años, hoy debería volverse a leer. Me acuerdo de una frase: “Somos los concejales de Chelm y nada escapa a nuestra sabiduría”, y la soberbia los iba acercando con gran ligereza a la estupidez. Así se hizo memorable para mí esa aldea de los tontos llamada Chelm, que siempre he relacionado con tantos “sabios” que rondan nuestro país y a veces se ponen el dedo en la frente, “señal de estar haciendo un gran esfuerzo mental”.

Pero los cuentos no se agotaban en esta simpática aldea, mientras pasaba las páginas al ritmo de alguna lechuza que estaba desvelada igual que yo, por querer leer y leer, llegué a un cuento que me pareció brillante y me hizo reír sin vergüenza a media noche cuando todo era silencio en casa. Aquel cuento era “El día en que me perdí”, una breve autobiografía del profesor Shlemiel. “Siempre tengo los bolsillos repletos de diarios, revistas o, simplemente, papeles. Llevo un maletín a punto de reventar y siempre estoy cometiendo errores…” Nada que ver con la soberbia de los personajes mencionados anteriormente, aquí era evidente la sencillez de un personaje que se pierde y le resulta muy complejo regresar a casa, justamente el día de su cumpleaños. Ese personaje me resultó enternecedor, era tan despistado, tan humano.

Pasaban las horas y las buenas historias no paraban, era como si un mismo libro pudiera tener todo lo que uno deseara, o todo lo que al menos yo deseaba en ese instante. Fue así como llegué a la historia más asombrosa de todas, la que todavía me acompaña: “Neftalí, el narrador, y su caballo Sus”. Como Neftalí era un niño demasiado aficionado a los cuentos, nunca se quedaba dormido antes de que su madre le contara uno y, a veces, había que contarle dos o tres antes de que cerrara los ojos. Una de las cosas más maravillosas para Neftalí fue aprender a leer, apenas lo pudo hacer, leyó todos los libros de cuentos que llegaron a sus manos. De esta forma conoció a Reb Zebulun, un vendedor de libros que visitaba su pueblo dos veces al año. Así fue como Neftalí decidió que no quería hacerse cochero, como todos, sino que quería ser vendedor de libros y llevar un morral lleno de cuentos. Claro, apenas su madre supo eso le dijo: “¿Qué hay de bueno en ser vendedor de libros?” Y para colmo su padre agregó: “Un vendedor de libros no gana suficiente para mantenerse a sí mismo, a su familia y, además, a caballo”. Apenas sus padres terminaron las advertencias Neftalí respondió: “Será suficiente para mí”.

Neftalí, el niño que amaba los cuentos, se dedicó a recorrer las aldeas como si los libros y las historias fueran necesarios en todos los rincones. “Cuando pasa un día, ¿qué queda de él? Nada más que una historia. Si no se contaran cuentos ni se escribieran libros, los hombres vivirían como los animales, al día”, esa frase se me quedó grabada desde aquel instante, al igual que las demás historias que terminé de leer al amanecer.

“Cuentos judíos” me cambió la vida. Recuerdo que cuando lo devolví a la biblioteca pública, empecé a preguntar en todas las librerías de Medellín si tenían ese libro de Isaac Bashevis Singer, quería tenerlo por siempre. Pero mi búsqueda fue un fracaso rotundo, nadie tenía ese libro que había sido editado tan bellamente por Anaya en 1989, tampoco encontré la edición original que en inglés se llama Stories for Children.

Ante ese panorama, decidí volver a la biblioteca una noche de cine. Mi misión era clara:  robarme ese libro, lo quería para mí, pensaba que nadie podría disfrutarlo más que yo. Calculé todo muy bien para no ser descubierto. Antes de empezar la película, ubiqué el libro cerca de donde me sentaría para echarlo en mi morral bajo la penumbra de la proyección. Así lo hice. Nadie me vio, solo yo, y eso de verse a uno mismo robando era terrible. Lo único que recuerdo fue que no sé qué película vi porque todo el tiempo estuve pensando en ese libro que estaba en mi morral y en mi egoísmo. Si yo me llevaba ese libro a casa, les negaría la posibilidad a otras personas de conocer a este autor, a este libro y eso no era justo. Robarse un libro de una biblioteca era un peso tan grande para mi conciencia que difícilmente soportaría. Antes de terminar la función, devolví el libro, lo puse en el mismo anaquel donde había fraguado todo.

A los pocos días regresé y presté nuevamente “Cuentos judíos”, lo fotocopié íntegro y lo empasté como si fuera un libro original. Ahora uno de los libros que más quiero en mi biblioteca, tremenda paradoja, es una fotocopia. Cada que visito una librería de libros viejos, me fijo si está ese librito tan entrañable para mí. Aún no he tenido suerte, pero sé que algún día aparecerá, los libros aparecen cuando tienen que aparecer. Mientras tanto, cuando necesito que me vuelva el ánimo, cuando necesito reír o creer que vivir de los libros es posible, vuelvo sobre estas historias fantásticas y recupero la esperanza. Así muchos crean que los cuentos no son como el pan, “se puede vivir sin ellos”, yo hago parte de la misma familia de mi querido Neftalí cuando dice: “Yo no podría vivir sin ellos”, y cada que puedo, recomiendo este libro que, por fortuna, yo no robé para que muchos otros lo lean.

¡Qué fortuna que este libro está en las bibliotecas públicas! Encuéntralo

Título Cuentos Judíos
Autor Isaac Bashevis Singer
Traducción de Andrea Morales
ISBN 8420733504
Clasificación Dewey J 813 S617cu

¿Quién hace este recomendado?

Diego Aristizábal

Comunicador Social- Periodista de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín, con estudios de maestría en Literatura de la Universidad Nacional de Colombia. Columnista de los periódicos El Colombiano y El Espectador. Colaborador de diferentes medios impresos colombianos.

Consultor en temas de comunicación del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Profesor y editor. Actualmente se desempaña como director de los Eventos del Libro de Medellín.

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