Un apunte sobre la sincronicidad [Letras Abiertas]

Hay mensajes que solo descifran los atentos desprevenidos. Juego a la bibliomancia y descubro señales en los letreros publicitarios, en la basura arrumada, en las callejuelas solitarias y en los pasajeros que eligen la última banca del bus. Somos acuciosos navegantes del vórtice de la sincronicidad, por eso te contaré esta historia.

Una tarde mi hija de tres años y yo jugábamos a las escondidas en la casa de mi mamá. Cuando le tocó el turno de contar para buscarme, dijo: “Mami, ven te escondo”. “Así no tiene gracia, no puedes saber a dónde fui”. Cuando emprendemos la búsqueda de lo escondido, pensé, nos abisma la posibilidad de que lo buscado nos encuentre primero.

Empezó el conteo, mamá nos miraba sentada en la mecedora del patio. No recuerdo haber jugado nunca con ella. Siempre hubo entre nosotras una dura distancia que intenté llenar de libros. Fui a mi antiguo cuarto. Me acurruqué entre mi vieja biblioteca. Clavé la mirada en los libros de poesía. Tomé cualquiera y lo abrí al azar. Al fondo escuchaba a mi hija llamándome. Página 37. El juego de las escondidas de John Jairo Junieles.

(…) Mi corazón era un sapo de patios de invierno

Que amenazaba con romperme las costillas.

Nadie vino a decirnos que el juego había acabado,

Entonces en lo oscuro fuimos un par de animalitos sacándose las plumas con sangre.

 

Hace tres mundos de aquello.

Ayer en la calle nos vimos de reojo,

Apresuramos el paso y pronto nos dimos la espalda,

Como dos invitados a una fiesta de disfraces que se rehúyen.

 

Se conocen demasiado para jugar a las máscaras entre ellos.

 

Me encontró. Me convertí en un monstruo. La derribé para comerla a besos. Mamá nos miraba desde la puerta y reía. Las tres reímos. Mientras yo temblaba por dentro pensaba en aquellos dos invitados que se rehúyen.

Mamá y yo aprendimos a observarnos a través de mi hija, cual si fuese un puente tendido de frases no dichas, sostenido por hilos invisibles. Comprendí que ahora soy quien da los besos que mamá quiso darme, pero no pudo. Aquel momento fue lo que Jung llamó el principio de conexión acasual. Y los libros, querido lector, son parte de ese unus mundus, de la disolución del paralelismo entre el observador y lo observado.

Anamaría Bedoya Builes.

Periodista U. de A., autora del libro De oro están hechos mis días (Hombre Nuevo Editores), Beca de creación 2011 en periodismo narrativo. Trabaja como periodista independiente, hace parte del comité editorial del periódico Universo Centro y del equipo del Plan Ciudadano de Lectura Escritura y Oralidad de Medellín.

Descubre las señales que los libros tienen para darte en las bibliotecas públicas de la ciudad.