Que los lectores sientan | Róbinson Úsuga [Letras abiertas]

Hola mi Cielo Azul. ¿Llegas cansada? Ven, pon tu bolso aquí y siéntate a mi lado. Es que
tengo afán de contarte algo. Sí, es una historia que no te había contado. O más que histo-
ria, es una anécdota. Sabes que este año volví a la cárcel. Sí, regresé. Volví a reunirme con
una docena de reclusos para celebrar juntos un taller de escritura. Reunimos un par de
mesillas de plástico y armamos una mesa amplia para caber todos. Sí, el mismo ambiente
de los años anteriores, la misma algarabía que te conté antes, pero ya sabes, sin dejarnos
vencer por el ruido, obstinados, nosotros allí, en la mitad de todo eso, con ganas de hablar
de historias y de libros, de leer. Sí, de leer.
Aunque casi me arrepiento. Sí, mi Cielo Azul. No, no de hablar de libros en medio de la
algarabía, sino de hablar del libro que yo recién había publicado. Sí, mi novela. Es que si les
hablaba de mi novela les tendría que hablar de mis sentimientos y ventilar mis sentimientos
en aquella cárcel no era precisamente lo que quería en ese momento. Pero lo hice, y lo ter-
miné queriendo. Les hablé de cómo era escribir una novela desde un sentimiento como el
que yo sentía. La emoción que tenía apretada entre las tripas y el corazón.
¿Y sabes qué, mi Cielo Azul?: Fue liberador.
Yo les hablé del deseo de venganza. Les dije que era un sentimiento universal. Que en el
caso de Colombia, donde la justicia operaba a medias y el sistema judicial era otro cartel
(le llaman El cartel de la toga), la venganza pareciera convertirse en un derecho. Les dije
que de los 45.434 homicidios que se cometieron en Medellín en la década de los noventa,
la mitad fueron por el deseo de vengar a los primeros muertos. Sí, yo les dije eso, y estába-
mos en las fauces de una cárcel. Pero se los decía no como quien se sentía orgulloso de
que así fuera, sino de quien les hablaba mirándolos a los ojos: no señores, tenemos que
acabar con todo este rollo. Que el deseo de venganza se quede en el papel.
Y que regados en un mar de hojas se queden los otros sentimientos, los que cortan, los que
asfixian, los que sacan lágrimas. Sí. ¡Que queden todos exorcizados! Palabra por palabra.
Para qué vamos a escribir nuestras emociones y sentimientos, me preguntaron. Y yo les
respondí que para hallar alivio, prueben y verán. Sin temblarme la voz les dije: escriban
esos sentimientos, compartan y hagan que el lector sienta lo que ustedes sintieron, de
seguro allí habrá empatía y solidaridad. Así el alma encuentra su consuelo.
Sí, es que yo creo en eso, mi Cielo Azul. Que si vamos a escribir, debemos hacerlo con
mucho sentimiento para que transmitamos esas emociones al lector y que él se conecte
con nosotros por aquello que le movimos adentro. Un escritor de literatura que no mueva
emociones es como leer las páginas de una enciclopedia: información y nada más.
Hay que escribir con las entrañas para que nos lean con las entrañas y las palabras hagan
que nos convirtamos en amigos entrañables. Sin entrañas no hay poesía, no hay historia
que apasione y que pueda convencer.
Vamos, transmíteme tu tristeza, así como lo hace en su cuento La tristeza el escritor ruso
Antón Chejov. Vamos, déjame leer tu frustración. Vamos, hazlo, de manera que se sienta.
Es que yo ando ahora como pregonero, pidiéndoles a los alumnos de mis talleres de
escritura que cuando escriban una historia me hagan sentir cualquier cosa, sí, cualquiera,
menos el aburrimiento. Que por favor no me dejen dormir cuando los esté leyendo.
Bueno, y yo tampoco quiero aburrirte a ti, mi Cielo Azul. Gracias por escucharme.
Ahora sí, ve y descansa.
Que los lectores sientan