El Aleph en tus pupilas

Hace aproximadamente unos dieciséis años me encontré un libro maravilloso de Jorge Luis Borges titulado El Aleph, uno de los más representativos de este escritor argentino, y aún conservo ese ejemplar como un tesoro.

Fue especialmente entretenido para mi mente joven y curiosa. Tanto, que desde entonces y hasta el día de mi muerte, me acompañará esa sensación de perplejidad y fluctuación que viene contenida en ese texto.

Varias historias se quedaron fijadas en mí: El inmortal, El Zahir, La escritura de Dios, Los dos reyes y los dos laberintos. Seguro que si las retomara de nuevo me enamoraría más… Pero hoy quiero mencionar especialmente el cuento del Aleph, sobretodo, porque pensé durante este tiempo que era mera fantasía, inspiración de escritor maldito, pero no, no lo es.

¡Saben! ¿Cuál sería mi sorpresa?… Quizá exagere un poco, pero qué importa. Me sentí como Arquímedes el día que salto de su bañera y corrió desnudo por las calles de Siracusa gritando “¡Eureka!”. La historia de la ciencia marcada por intuiciones y descubrimientos, pues el Aleph, según Borges “es uno de los puntos del espacio que contienen todos los puntos”.

Y lo he visto, últimamente se ha insinuado, está ahí sumergido y disfrazado en un par de pupilas negras enmarcadas en un iris claro. Y de pronto lo sé y me invade nuevamente esa sensación de perpetuidad y fluctuación y si lo observo por un poco más de tiempo lo siento y lo veo atónita, expandirse sin remedio ante mí.

¡Ahí está! y recuerdo este pasaje de ese cuento:

…El espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Fray Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer en el pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemon Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico, yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplican sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osatura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacharita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi oscura sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré…

Ese par de pupilas negras me devolvieron la memoria, me hicieron reflexionar sobre la importancia del punto en la geometría, esa figura sin dimensión ni longitud ni área, volumen ni ángulo dimensional. No es un objeto físico. Describe una posición determinada en el espacio respecto de un sistema de coordenadas preestablecidas.

Euclides en su tratado Los Elementos, da una definición excluyente: “Lo que no tiene ninguna parte”. Es el ente geométrico sin dimensiones. Quizá esto explique esa sensación extraña de perplejidad, fluctuación y expansión, la misma que tuve al leer ese relato y la misma al fijar la mirada en ese par de pupilas negras enmarcadas en un iris claro.

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Título: Cuentos completos

Autor: Jorge Luis Borges

ISBN: 9789588639147

Clasificación Dewey:  A863.6 B732

¿Quién te invita a leer este cuento?

Dora C. Alzate Gallo (San Vicente, Antioquia. 1989).

Egresada de Ingeniería Industrial de la Universidad de Antioquia. Amante de la literatura. Actualmente es miembro activo del club de lectura y taller de escritura Hojas de Hierba de la biblioteca pública Santa Elena.