Clara Luna: un lugar real al sur de Manabí

Anamaría Bedoya

Plan Ciudadano de Lectura Escritura y oralidad.

 

“¿De dónde vengo?, ¿quién soy? Podría haber sido una grande y majestuosa ballena, pero no, soy de la luna, soy una tortuga marina que se llama Clara Luna” dice Paola Martínez, con voz suavizada y ojos como dos puntos de admiración al público que llena el salón comunal de la Casa de la Cultura y Biblioteca El Raizal en el VI Encuentro de Bibliotecas Populares y Comunitarias.

Trata de ser lo más minuciosa a la hora desglosar ese proyecto que fundó hace ocho años en Manabí, Ecuador, y que ahora comparte en un pequeño salón de paredes blancas lleno de bibliotecarios de diferentes partes de Medellín. El encuentro transcurre en una casa de dos plantas que tiene la fachada pintada con un mural de colores encendidos, rodeada de antejardines, y al pie de una cancha de arena donde a esa hora de la mañana un grupo de niños juega un partido de fútbol.

“Clara Luna es una organización sin fines de lucro que trabaja en Puerto López, al sur de Manabí.  Un territorio olvidado por gobierno del Ecuador. Es una comunidad enfocada en lo turístico y encontramos que la mayoría de sus habitantes estaban interesados en aprender inglés. Entonces, nuestro enganche para hacer promoción lectora fueron esas clases de idiomas, pero lo hacemos desde un ambiente que cautive, para que los participantes se encuentren con los libros desde el placer, no desde la obligación”.

Pero antes de todo eso, de imaginarse estar algún día en Colombia contando lo que ahora cuenta, Paola vivió treinta años en Guayaquil, Ecuador; ciudad costera con tres millones de habitantes, reconocida entre la gente de negocios por ser un bastión para las finanzas. Trabajaba en un banco cobrando créditos, estaba casada, tenía cenas de negocios, asistía a reuniones importantes con gente importante e iba los fines de semana a comer con su familia a algún centro comercial.

Ese ruido de la zona de comidas, el tintineo de los cubiertos, la fricción de la vajilla, las voces ininteligibles saturando aquella caja fría acondicionada, le provocaban una despiadada ráfaga de emociones. Aquella cronometrada rutina iba enloquecerla.

No tenían planes cuando decidió renunciar a esa comodidad de ser una asalariada cumpliendo un horario y vistiendo trajes de tonos suaves, le pidió el divorcio a su marido y abandonó la ciudad.  Lo único que llevaba cuando emprendió el viaje a su nuevo destino —Puerto López, Manabí—, era un televisor y sus dos hijos varones.

Paola Martínez, hija de un lechero que había estudiado mucho para dejar su vida campesina y convertirse en abogado, volvía al pueblo pesquero al pie del océano pacífico, adonde iba en las vacaciones del colegio, a visitar a los abuelos.

En ese lugar, en medio de un Parque Nacional, y con menos de 10 mil habitantes, la esperaba su padre. Recordaba la casa de puertas abiertas, el pescado fresco y los niños corriendo descalzos por una pequeña calle polvorienta que desembocaba en el mar. Una postal recortada por dos azules: uno turquesa, otro nocturno, que marcaban el fin y el principio del mundo. La imagen cambiaría pronto.

Empezó a trabajar como profesora de Lengua y Literatura en una escuela oficial. Dos años en el sistema educativo le bastaron para decidir que por ahí era, pero no de esa manera.  Había descubierto algo importante: quería enseñar, entonces renunció por segunda vez al sistema.

En sus estudiantes se repetían dos cosas: embarazos antes de terminar la escuela o abandono de los estudios para trabajar en la temporada de pesca. Los pocos a los que les interesaba estudiar iban detrás del inglés, los turistas y sus dólares.

“Ecuador es el segundo país en América Latina con los índices más altos de embarazo adolescente. Es una problemática de salud que ha sido normalizada porque no hay una visión de futuro, los chicos no tienen interés en estudiar. Los padres, como medida preventiva, lo que hacen es prohibirles salir. Pero en la primera oportunidad, se van y quedan embarazados”, explica Paola.

La postal que guardaba en su recuerdo se fue transfigurando a medida que Paola se dio cuenta de la pobreza del pueblo, las niñas embarazadas antes de los 15, las mujeres golpeadas por sus maridos, las calles sin alcantarillado, la falta de servicios básicos, los libros que nadie leía. Puerto López, fuera del afán del paquete turístico y a pesar de que a su paisaje natural le sobre belleza, no parecía ser “la capital del cielo” de la que hablablan las agencias de viaje.

Artistas, pedagogos, músicos, surfistas, médicos… ciudadanos extranjeros que conocían el lugar recorriéndolo a pie, sudándolo, que se adentraban en sus calles, se sentaban a refrescarse en sus tiendas, mercaban en sus plazas, comían lo mismo que comían los del pueblo.

La comunidad necesitaba una biblioteca llena de buenos libros de literatura infantil y universal, creyó que había dado con una solución. Empezó a buscar aliados, a contarle su propuesta a algunos amigos. Le decían: “¡Ay qué bonito!”; pero más allá de esa sutil y agridulce palmada de apoyo, no encontró mucha disposición a la hora de desarrollar un gran proyecto social comunitario.

Arrancó como pudo: hizo un pequeño evento para recolectar libros. Se lanzó con un club de lectura para adultos, convocó el primer encuentro, regó la voz y pegó cartelitos en las tiendas del pueblo. El día de la primera sesión no llegó nadie.

La gente le decía: “Lo que queremos es aprender inglés”. Se sintió frustrada, de alguna manera no le gustaba esa idea, pues pensaba que así apoyaría a esa devorada industria turística que se empeñaba en vender a Puerto López como un lugar paradisíaco. Una ficción que solo tenía de verosímil la hermosura de las ballenas, las tortugas marinas, los delfines, el mangle y la selva; lo demás eran toallas de algodón, bungalós con mucamas que dejaban las sábanas templadas y coca-colas frías en lata.

Llegó a visitarla una mujer que quería ser voluntaria, además de ayudarle a pensar más el proyecto comunitario, estaba dispuesta a enseñar inglés. Entonces empezó una nueva etapa para Clara Luna. Más voluntarios fueron llegando a truquear sus saberes por la exuberancia de ese lugar.

De manera espontánea se fueron dando diversidad de talleres creativos, el gancho de la convocatoria eran los extranjeros dispuestos a enseñar inglés. Entre cada encuentro, Paola, al fin, fue consolidando el proyecto de hacer clubes de formación y promoción de lectura. Pasaba así que las mamás jóvenes iban a aprender otro idioma, mientras sus pequeños se quedaban en el rincón de lectura escuchando historias de simios que saltaban entre techos de edificios, niñas que no querían ser princesas y lobos vegetarianos.

Y con el tiempo la serpiente se mordió la cola. Esas mamás y algunos padres que también se fueron sumando, empezaron a participar en espacios para aprender y reflexionar sobre otras cosas: la crianza respetuosa de sus hijos, el autocuidado, la protección del medioambiente, la educación sexual, la violencia intrafamiliar.

“De esa manera llegamos a lugar que desde el comienzo yo quería estar, pero era indispensable pasar por ahí para entender qué era lo que necesitaba la comunidad”, apunta Paola alzando las cejas delgadas, como diciendo: yo también me di cuenta que todo toma su tiempo. Clara Luna se ha enfocado en crear diferentes clubes que tienen una serie de actividades extracurriculares. Así, explica Paola, le apuestan a la idea de nutrir esos momentos de ocio con experiencias entorno a los idiomas, la literatura y los espacios de formación.

“En el barrio en el que crecí, fundé junto a mis amiguitos el club de los Chéveres Perezosos. Yo era la presidente. Hacíamos cosas de niños, andar en bici, guiar el recorrido… Hasta teníamos una vieja máquina de escribir para hacer invitaciones. Creo que ahí sembré en mí la idea de empezar a trabajar con otras personas para hacer cosas interesantes. Y por eso pienso que los programas de Clara Luna son clubes: el club de niños, el de adolescentes, el club de padres, el de los lobitos…

Al fin, lo que buscan estos espacios es trabajar el pensamiento crítico en contra de esa mecanización que suelen promover las escuelas, que da el conocimiento mascado y no deja que los niños se aventuren a comprender el mundo desde sus propias palabras”.

El 16 de abril del 2016 un terremoto sacudió a Ecuador. El epicentro fue en la provincia de Manabí. Fue el más fuerte y destructivo en ese país en los últimos 30 años. El sismo se sintió incluso al sur de Colombia y al norte de Perú. Colapsaron casas, malecones, canchas y edificios, se fue la luz por largas horas, hubo cientos de desaparecidos y 673 muertos.  La tragedia fue noticia mundial, el gobierno de Ecuador declaró estado de excepción. Las clases se suspendieron en seis provincias… El país estuvo ocho días de luto.

Una de las zonas más afectas fue el sur de Manabí. Los cantones pasaron de ser una postal turística a derruidos poblados fantasmas. En la casa Clara Luna, que no colapsó con el sismo, Paola y los voluntarios se pusieron de acuerdo en que era urgente hacer algo para ayudar a los afectados, especialmente por los niños y niñas de las zonas rurales más alejadas, donde poco llegaba la ayuda institucional.

Con promoción de lectura recorrieron durante seis semanas cerca de 25 comunidades y se dieron cuenta que más que afectados por el terremoto, los niños y niñas de estos lugares lejanos vivían de por sí en condiciones más precarias que las que conocían en Puerto López.

Crearon el proyecto Bibliotecas Móviles, el cual fue financiado con el dinero que se recaudó tras una exitosa campaña de crowfunding. Desde entonces, un equipo de voluntarios viaja hasta esos lugares al menos una vez al mes para llevar bibliotecas itinerantes y hacer talleres de promoción de lectura, actividades culturales, educativas y recreativas.

A partir de ese sacudón telúrico, Manabí empezó a existir para el mundo, y de esa manera también muchas personas se enteraron de Clara Luna. Llegaron más personas con ganas de aportarle algo a la fundación, desde donaciones monetarias hasta tiempo y conocimiento. La casa de Clara Luna, una edificación de tres pisos, color salmón pastel y techo en punta, que a lo lejos parece una casa de muñecas, se ha ido llenando de más espacios para la creación, la reflexión y el aprendizaje continuo.

Por sus salones-habitaciones, corredores y salas comunes, en medio de las bibliotecas que cada vez están más nutridas de historias traídas de diferentes rincones del mundo, suceden muchas cosas: niños que pintan y cuentan sus propios cuentos; jóvenes que aprenden sobre educación sexual y reproductiva; padres que reflexionan sobre el cuidado de sus hijos.

Eso, entre muchas otras cosas suceden allí cada día mientras Paola Martínez, expresidenta del antiguo club de Los Chéveres Perezosos, procura que esa luna clara que ella visualizó un día, que creyó perder el norte, guíe sabiamente a los pobladores de Puerto López, como guía a las tortugas en sus viajes marinos.